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21 de septiembre de 2021 | Publica tus noticias A veces duele más que un látigo, vivimos bajo un cielo hermético

El Agapo. ¿Nos tomamos la última y hablamos sobre bares?

Abril de 2011. Por Kike Turrón y Kike Babas. Fotos de Menchu Redondo

El 1 de marzo de 1985, en el número 22 de la madrileña calle Madera, arteria de Malasaña, se abría el mítico Agapo. La iniciativa de abrir el garito partía de los hermanos Ruiz (Marisa, Quique y Álvaro), trío de jóvenes intrépidos, roqueros por devoción y con desmedidas ganas de vivir la noche y de potenciar la música en directo, dos de sus adictivas aficiones en aquellos tiempos. El bar pronto se convirtió en lugar de peregrinaje para noctámbulos con ínfulas roqueras (en todas sus vertientes: mod, punk, pop, rocker, etc) gracias a su propia energía interior y a su marcada personalidad, una fuerza que se hacía contagiosa al entrar en el propio local. El Agapo era de esas cosas que funcionaba con el boca a boca, ineludible tentación para cualquier ser humano que pisase Malasaña a partir de las doce de la noche. Para los artistas (músicos, escritores, pintores o fotógrafos) aquel local significaba punto de encuentro y, por lo tanto, lugar apto para el desarrollo de su creatividad. Los años fueron otorgando al negocio una entidad y calidad propia y distintiva, cosa que se tradujo en que todo grupo que pisase la ciudad tenía que tomarse la última en este reducto, sino, ni había pasado por Madrid ni se dedicaba al rock. Lo mejor de todo esto es que el Agapo era la mínima expresión de un bar, ya no digo de una sala de conciertos, pues, en realidad, nunca fue lo segundo en los papeles oficiales y en las licencias pertinentes. Entre esas húmedas paredes se producía una ecuación cuanto menos curiosa: los artistas eran simples clientes y los mundanos clientes podían comportarse como brillantes estrellas de una escena que continuamente crecía y que, para muchos, se transformaba en modo de vida… allí se reproducían grupos, dibujantes, fanzines, managers y todo lo necesario para que el rock madrileño fuese una cosa para tomarse en serio. Toda una generación meneándose de la barra a la pista y del escenario al váter. La banda sonora era distintiva, el Agapo era el altavoz del underground, sus pantallas escupían roncos decibelios de lo ultimísimo que aportaba el rock underground de todo el mundo. Y una vez más todo dios se contagiaba, esta vez del gusto y la curiosidad que despertaban los grupos en directo y lo que volcaban en sus platos los exigentes diyeis de aquellos días. Dentro de unos días se celebrará en Madrid (Sala Rockitchen, domingo 8 de Mayo) un sentido homenaje a este bar que implicó sentimentalmente no solo a sus dueños y empleados, también a su público, aquel que acudía a tomar una última copa de forma anónima y por pura casualidad… aunque, en realidad, nunca era la última. Para celebrarlo, por el escenario desfilarán La UVI, Los Macana, Los Enemigos y un largísimo etcétera de grupos que, de una forma u otra, fueron iluminados por el Agapo. Álvaro Ruiz, uno de los fundadores del negocio (posteriormente co-propietario de la Sala Revolver y co-ideólogo del Festimad), nos hace una fastuosa descripción de los cómos y porqués de este especial local que, con los años, se ha ganado el adjetivo de mítico.

¿Por qué le pusisteis ese nombre: Agapo?

El nombre ya existía cuando cogimos el local en traspaso. El dueño anterior se llamaba Agapito y le puso su nombre al bar. En nuestra ingenuidad pensamos que mantener el nombre nos ayudaría en los comienzos.

¿De dónde veníais cada uno de los que abristeis el Agapo?

Los tres hermanos regentamos un pub en Tirso de Molina durante poco más de un año que se cerró justo antes de abrir el Agapo. Antes de eso, Marisa tuvo otro bar en Santander y yo pinchaba ocasionalmente en algún pub de Malasaña. A los dos años de abrir se unió a nosotros Santi Camuñas.

¿Cómo fue el alquiler del local, la elección del local donde situasteis el bar?

Yo vivía desde el año 84 en la misma calle Madera. Cuando empezamos a buscar local en el 85 apareció un cartel de traspaso en el nº22.

¿De dónde salió la inspiración para dar ese ambiente al bar? (paredes pintadas, música rock underground...)

Cuando cogimos el local sus paredes estaban pintadas de negro por completo. A partir de la primera reforma en el verano del 86 y en todas las posteriores eran los amigos, artistas del barrio o clientes con habilidades artísticas los que proponían y realizaban la decoración que muchas veces se hacía durante las horas de apertura del local. Los hermanos Palau, Fernando del Cubo, Pablo de la Cruz o Armando Laborda son algunos de los artistas y amigos que participaron en esa decoración a lo largo de los años. La música que se pinchaba en la cabina empezó a definirse claramente con la incorporación de Kike Turmix y su expansiva personalidad aunque con el tiempo también terminó siendo la mezcla de los gustos musicales de toda la gente que frecuentaba el local. Otros pinchadiscos, clientes de buen gusto musical, dueños de otros locales, músicos, editores de fanzines y pequeños sellos independientes, fotógrafos, periodistas, escritores y gente aficionada a los sonidos del rock más clásico y de los sonidos más avanzados pero con un claro matiz underground; todos ellos coincidían en un espacio muy pequeño y la simbiosis era inevitable.

En ese sentido fue definitivo que el bar cerrara todos los días a las 6 de la mañana. Madrid tampoco tenía muchas opciones que ofrecer en ese horario (lo mismo que ahora).

¿Recuerdas el primer día? ¿Se hizo algo especial?

El primer concierto se celebró el viernes 1 de marzo de 1985. Actuó un grupo de Madrid llamado La Noche Americana. Eran amigos de la casa y actuaron ese viernes, el sábado y el domingo. Fue la inauguración. Los tres días el bar estuvo a tope. Durante los primeros meses programábamos los conciertos cualquier día de la semana pero poco a poco fuimos limitándonos a los fines de semana. La continuidad y la precariedad de la insonorización del local podían colmar la paciencia de los vecinos, que no fue poca teniendo en cuenta la febril actividad del local y por lo tanto el frecuente y ruidoso trasiego del paisanaje en sus alrededores.

Pronto se hizo un lugar insignia, una parada obligatoria para rockeros noctámbulos, ¿cuál era el secreto para que la gente acudiese?

Creo que fueron tres puntos fundamentales:

1º- Los conciertos. Rockola y Carolina se habían cerrado y el circuito de locales con actuaciones se había visto reducido. El aforo del Agapo era ideal como primer paso para una banda que estaba empezando. Era la prolongación del local de ensayo para presentar los primeros o los nuevos temas delante de los amigos cercanos y un grupo de aficionados con criterio. Esos músicos y sus amigos encontraron en el Agapo un lugar de encuentro ideal donde se escuchaba la música que les gustaba, se vestía como ellos, se compartían los mismos hábitos de “consumo” y encima estaba de guardia hasta las 6 de la mañana todos los días del año.

2º- La música. Para muchos de nosotros, escuchar lo que escuchábamos en Agapo se convirtió en algo adictivo. Competíamos por encontrar viejas grabaciones inéditas, discos descatalogados o nunca editados en este país. Discutíamos a todas horas de música y llegábamos al bar con lo último que habíamos comprado para compartirlo y descubrirlo. Tampoco importaba que no fueras un erudito. El verdadero placer estaba en escuchar las sesiones de un Turmix, o cualquier otro de los pinchas habituales, emocionado mezclando los primeros discos de Sonic Youth con Link Wray y después con Motorhead seguidos por los Sonics para acabar cada noche con los Dictators.

3º- El horario. El aluvión de gente que bajaba cada noche hacia el Agapo a partir de las 2 de la mañana era espectacular. El cóctel que se producía en el interior del local era explosivo en todos los sentidos. Y divertido, tremendamente divertido. Lo que lo convertía en algo verdaderamente adictivo para muchos asiduos.

El resultado de estos tres componentes era el resumen final de cada noche: Sexo, Agapo y Rock ‘n’ Roll. Todo bien agitado en una coctelera punk.

¿Cuál fue el concierto de mayor éxito que celebrasteis?

Depende del criterio aplicado para señalar el éxito. Emocionantes conciertos de Burning, divertidísimos conciertos de Siniestro Total. Grupos que crecían en el garito y eran como de la casa como Enemigos, Sex Museum, Los Macana, Los Del-Tonos, Las Ruedas o Los Ronaldos. Lujos del más allá como Joe King Carrasco, Fortunate Sons, New Christs, Died Prety o Flehstones. Personajes de leyenda estratosférica como Johnny Thunders, Joe Strummer o Noel Redding o de leyenda más cercana como Poch, Moris o Manu Chao. Conciertos imposibles de olvidar como el de Pata Negra o el de los Inmates. ¡Fueron tantos!

¿Cual fue el mayor desastre de actuación o la más peliaguda?

Difícil resultó el concierto de los ya entonces legendarios de la segunda oleada punk los GBH.

El concierto se montó con muy poca anticipación y por lo tanto con poca publicidad. Pero unas pocas octavillas repartidas por el Rastro el domingo anterior prendieron la mecha. Desde el mediodía del viernes la calle Madera comenzó a llenarse de punkis. Un par de horas antes del concierto la calle estaba absolutamente abarrotada y la gente estaba tranquilamente sentada por la calle haciendo imposible el tráfico y por encima de los coches. Era evidente que no iban a caber dentro del local ni la mitad de los que estaban. No se había puesto venta anticipada y la presión física en la puerta del local era realmente fuerte. Cuando llegó la hora de abrir y como éramos muy pocos los que nos podíamos poner a organizar la entrada, los mismos miembros del grupo y su crew se pusieron a trabajar en el control de entrada con nosotros. De cualquier manera, nadie podía salir del garito con la gente apretada en la calle. Cuando las entradas se acabaron, recuerdo que me subí al coche que estaba aparcado en la puerta y pedí a gritos que la gente se dispersara porque si no lo hacían los vecinos llamarían a la policía y tendríamos que suspender el bolo. La mayoría de los que pudieron oírme empezaron a moverse pero los que estaban más lejos no se enteraron y seguían intentado acercarse a la sala. El concierto se celebró sin mayor problema pero con el forzudo tour manager impartiendo medicina a todo el que pretendía subirse al escenario. Fuera, en la calle del Pez hubo algunos destrozos de coches y escaparates pero para cuando llegó la pasma el concierto había acabado y nos habíamos empleado a fondo limpiando los alrededores del local.

Una pareja de municipales llegan a la puerta del garito un sábado noche en mitad de un concierto. Le piden al portero que avise al dueño para que salga a mostrar la documentación del local porque algún vecino molesto había llamado a la autoridad. En esos casos casi siempre era Marisa la que salía armada con la dudosa documentación que podíamos mostrar y sus no pocas dotes de persuasión femenina. Cuando uno de los municipales se entera de que eran los Burnig los que estaban en mitad del concierto, este le dice al otro que ponga la lechera en el extremo de la calle para evitar el paso de vehículos y exclama: “Ostia, ¡los Burning! Uno de mis favoritos”. Y se metió rápidamente para disfrutar del final de la actuación.

Era un bar donde convivían artistas del momento (Poch, Hernández, Josele, Manolo UVI, Pardo, Lee A-10, Jorge Martínez, Turmix, Patacho, etc.) y público normal, ¿cómo asimilabais esta situación?

Por las características que mencionaba anteriormente, desde el principio resultó natural que los músicos y artistas convivieran sin ningún problema con el público anónimo. Toda esa gente era la que daba al bar un carácter especial pero muchos de ellos no eran aún tan conocidos como lo llegaron a ser en determinados ambientes años más tarde.

¿Tuvisteis muchas redadas policiales?

Aunque pueda parecer decepcionante, apenas recuerdo alguna circunstancia en que la policía entrara en el local. Venían a menudo porque algún vecino llamaba por las molestias que le ocasionaba el ruido de los conciertos o por el bullicio de la puerta, pero la mayoría de las veces permanecían fuera esperando que presentáramos la documentación que reclamaban. Aparte de esto, nunca fueron al local buscando consumidores de drogas o trapicheros. Considerando que estuvimos haciendo conciertos durante más de seis años y cerrando el local todos los días a las seis de la mañana durante casi diez, habría que decir que los vecinos fueron, términos generales, mucho más que tolerantes con nosotros. Sobre todo sabiendo lo precario de los medios con que contaba el local para insonorizar los ruidos que emitía.

Además de grupos patrios, por allí pasaron americanos, ingleses y de todo, ¿cómo se tomaban el bar estos grupos?

El local era un garito de Rock ‘n’ Roll y los grupos que allí actuaban también eran básicamente artistas y bandas de Rock ‘n’ Roll. Todos sabíamos de qué estábamos hablando. Los grupos o estaban empezando, con lo cual estaban en su elemento, o ya habían estado antes cientos de veces en garitos como el nuestro cuando empezaban su carrera. Recuerdo claramente la dignidad de un Bill Hurley (cantante de los Inmates) con su elegante chaqueta tipo levita con las solapas aterciopeladas colgada en la percha de la puerta de la oficina. La chaqueta estaba raída y brillante por el uso de mil bolos en gira por Europa por cien garitos como el nuestro. Raída y brillante pero estirada y lista para un bolo más.

Por allí pasó el gran y admirado Johnny Thunders, ¿cómo fueron los contactos para llevarle allí? ¿Cómo se desarrolló su visita, teniendo en cuenta el marcado rollete químico que llevaba Johnny?

Alguien trajo a Johnny después de su primera actuación de aquella gira por algunas ciudades españolas. En Madrid actuaba en el Rock Club (o quizás fuera la Astoria) y estando en el garito acordamos que actuaría en el bar al final del tour y antes de seguir hacia Francia. Efectivamente, Johnny en aquella época no podía parar y siempre estaba buscando más. Cuando iba a buscar provisiones por la Calle Ballesta no quería que le acompañara nadie. El decía: “I’m from New York, man. Do you know what I mean?”. Siempre volvía con lo que quería.

La hora del cierre siempre era muy tardía... ¿como hacíais para "echar" a los más rezagados y expertos bebedores?

Muy a menudo no conseguíamos echarlos. Simplemente los depositábamos en la calle al lado de la puerta. Pero pronto amanecía y la luz espabilaba a los más perdidos.

¿Qué otro tipo de cosas se celebraban además de conciertos?

Hubo celebraciones y fiestas de todo tipo. Muy a menudo se celebraba la presentación del nuevo número de algún fanzine musical o la edición de determinados libros de temática musical. Nuevas publicaciones como Subterfuge, La Herencia de los Munsters, Habitación 101, Mokinbird o Romilar D, que nacían y se distribuían por el barrio y que celebraban su lanzamiento con fiestas-concierto en el Agapo. También pequeñas “emisoras libres” como Onda Latina y otras, organizaban fiestas periódicas como forma de difusión.

Se publicó un disco (que ahora regaláis con la entrada de este fiesta) con la BSO del bar, ¿cómo se hizo este disco? ¿Cómo se juntó a esas bandas?

Organizamos un fin de semana de conciertos con una selección de algunas de las bandas asiduas del escenario para grabar un recopilatorio que mostrara el sonido y el espíritu del local y de su programación. En el recopilatorio, que fue editado por Romilar D, estaban incluidas dos canciones de cada uno de los siguiente grupos: Angel y las Güais, Enemigos, Los Cardiacos, Sex Museum, Los Macana y Las Ruedas. Con motivo del Agapo Flashback Experience vamos a reeditar el CD con Subterfuge Records, que se regalará con la entrada de la fiesta, y el vinilo con Munsters Records.

El pincha era parte fundamental del bar, dime algunos clásicos que pinchaban allí.

Algunos grupos que podríamos considerar clásicos del sonido del Agapo son: Them, Who, Velvet Underground, The Understones, The Stranglers, The Stooges, The Sonics, The Seeds, The Saints, The Rollings Stones, The Real Kids, The Kinks, Jimi Hendrix, The Jam, The Gun Clab, The Fleshtones, The Doors, The Devil Dogs, The Damned, The Cramps, The Clash, The Byrds, The Buzzcocks, The Barracudas, Sonic Youth, Small Faces, Sex Pistols, Rose Tatto, Rocky Erikson, Ramones, New York Dolls, Neil Young, Motörhead, Mytch Ryder, MC5, Lyres, Lou Reed, Johnny Thunder, Hüsker Du, George Thorogood, Fuzztones, Flamin’ Groovies, Dr, Feelgood, Dead Kennedys, DMZ, Creedence Clearwater Revival, Chuck Berry, Blondie, todo el soul clásico de los 60’ y 70’, rock ‘n’ roll clásico de los 50’ y 60’. Si quieres escucharlos directamente, usa el Playlist en Spotify Agapo Sounds, encontrarás más de 2000 canciones directamente sacadas de la cabina del Agapo.

¿Por qué cerró el bar?

Era el año 94. Pero sinceramente no puedo dar una fecha exacta. El acoso administrativo seguía su lento trabajo. En el 91 dejamos de hacer conciertos ante la amenaza de cierre definitivo y, después de apurar todos los recursos posibles, la licencia fue denegada y la amenaza de cierre se hizo inminente.

Ahora celebráis esta fiesta, ¿se trata de algún aniversario? ¿De dónde parte la idea y como la habéis ido llevando a cabo?

Realmente no es ningún aniversario ya que hubiera sido más coherente celebrar el año pasado los 25 años que hacía que se había abierto en el 85. Pero nuestras circunstancias personales no eran favorables. A principios de este año nos pusimos poco a poco a confeccionar una playlist en Spotify con las canciones más emblemáticas que sonaban en la cabina. A partir de ahí empezamos a darle vueltas al asunto y a pulsar entre los amigos. La cosa fue tomando forma cuando conocimos de la rápida disponibilidad de los grupos y más tarde de la gente que ha respondido de forma ilusionada a través de las redes sociales. Nuestra intención es celebrar todo aquello que sucedió en esos años y en ese sitio de la mejor manera posible. O sea con un concierto con los amigos con los que creamos y compartimos aquellos momentos.

Por otro lado, al incluir el Agapo Flashback Esperience en la programación de Festimad 2011 nos produce la sensación de cerrar un círculo natural relacionando directamente uno de nuestros primeros proyectos con el proyecto que ahora mismo mantenemos en marcha.

Produce pena recordarlo, pero mucha gente que paraba en el bar ya no está con nosotros, ¿que sensación os queda en ese sentido?

La ausencia de muchos de los amigos que estaban en aquellos días ha sido sin duda una de las pruebas más duras a las que nos hemos enfrentado en estos días. La velocidad y la intensidad con las que muchos nos entregamos en las noches y días de aquella época han pasado una factura que a veces se hace realmente insuperable. En buena medida la fiesta va por ellos.

Anecdotario

Un niño en el Agapo. Por Íñigo Munster.

Recuerdo mi primera llegada a Madrid en el año 86. No había restos de la movida. Pero lo que sí había era un antro situado tres calles mas atrás de mi casa. Siempre había algo que ver o tiempo que matar calle Madera arriba. Es difícil olvidar como a cierta edad, 18 años en mi caso, las experiencias pueden llegar a marcar tanto por siempre. El Agapo fue, o ha sido, el mejor sito de música del planeta. Y eso ocurrió por la especial manera de entender “el ocio y el entretenimiento de la noche madrileña” por los cabrones, y cabrona, que lo regentaron.

Conciertos a medio palmo de distancia de los músicos en sus mejores momentos. Público de todo tipo y raza. Decoración psicotrópica y unos pinchas increíbles. Muchas chicas a los platos en lo alto del “altar-cabina” desde donde mostraban el mas allá que había entre las medias rotas de rejilla. Esto fue mucho antes que Pulp Fiction.

Inolvidables partidas de Pinball en Acido… ¡Y es que había máquina de petacos!

Eso es lo que recuerdo del Agapo, buena música, buenas bandas, mujeres vampiras, zombis del Rocanrol, porteros de puta madre, el medio palmo del nivel de los pises en el suelo de los baños, los lapos grises de la mañana siguiente, poca luz de ambiente y mucho, mucho ácido.

Pero del bueno.

Anécdota. Por Miguel Costas.

Recuerdo que la puerta del váter de caballeros del Agapo no se sustentaba nada más que por una bisagra superior, además de, por supuesto, no tener pestillo. Era imposible sentarse en la taza ya que había de todo menos higiene, no porque sus dueños no lo limpiaran, sino porque el personal realmente tenía poca puntería. El único, que yo sepa, que consiguió hacer de vientre allí fue Julián Hernández, según contaba, sujetando con un pie la puerta y con las manos en las paredes, para no tocar la taza en postura realmente acrobática.

Del Agapo al Palentino. Por Julián Hernández.

El Agapo, como todo el mundo sabe, estaba en la calle de la Madera, pero en el letrero de la calle lo ponía con una ‘a’ pequeñita, de tal forma que había quien se creía que se llamaba “Calle de Mª Dera”, que a saber quién era esa señora. Parafraseando a Umbral, la noche que llegamos al Agapo por primera vez todo eran especulaciones porque estábamos pisando tierra ignota. Nuestro hábitat natural se reducía al Marcelino y a la Vía Láctea, uno en frente del otro en la calle Velarde, y las incursiones en territorio enemigo eran eso, incursiones de ir, pimplar y volver. El Agapo prometía bastante más que la simple expedición al bebercio, pero hasta que no lo viéramos no nos lo íbamos a creer. El barrio de Maravillas -su lado oscuro se llama Malasaña- es, a partir de una determinada latitud, un laberinto lleno de minotauros y peligros. Mientras caminábamos hacia allí (a partir de entonces caminamos muchísimo) surgió otra duda: ¿por qué demonios se llamaba Agapo? Una teoría, nunca demostrada, afirmaba que el local había sido de un tipo que se llamaba Agapito, que sería el diminutivo de Agapo.

Lo que pasó dentro del Agapo, lo que el Agapo fue, ya está suficientemente documentado y un servidor suscribe lo que dice Josele al respecto: si me quitan el Agapo, habrá desaparecido una parte de mi vida que a ver con qué cojones la sustituyo. La sorpresa fue que hacía casi esquina con la calle del Pez, nombre como de tebeo de Ibáñez, y a la que un servidor acudía en tiempos remotos porque allí estaba la sede de Juventudes Musicales de Madrid y yo estaba en Xuventudes Musicales de Vigo, que no tenían ni local. Allí había reuniones de toda una panda de músicos de vanguardia y aledaños y se conspiraba para intervenir en el S.I.M.O., en galerías de arte o cualquier sitio donde dejasen a gente como el Taller de Música Mundana de Llorenç Barber (ahí estaba menda lerenda también) improvisar soplando unas caracolas, por ejemplo. El criminal volvía al lugar del crimen.

A efectos de lo que nos concierne, el Agapo deparó también el descubrimiento del Palentino, según se sale a la calle del Pez desde la de la Madera a la izquierda. El bar estaba toda la noche funcionando pero con las puertas cerradas, así que servían, a través de un ventanuco, unos bocadillos de anchoas con queso y tomate que sabían a gloria y nos salvaban la vida. Aquello fue el principio de una hermosa amistad, hasta tal punto que la noche anterior a grabar las voces del álbum “De hoy no pasa” (1987), y en presencia de Samuel y Josele, arrojé todas los originales de las letras (no había copias) a la alcantarilla. Cuando me di cuenta de lo que había hecho, Josele se apiadó de mí y me escribió, ya de día y sobre el capó de un coche, una letra que tenía en la cabeza por si encajaba en algo de lo que ya habíamos grabado. No fue así y las pasé canutas reescribiendo todo aquello al día siguiente en un estado lamentable. Esa letra de Josele, afortunada y sorprendentemente (no hay casualidades), se convirtió en “Afición”, la última del segundo elepé de Los Enemigos, “Un tío cabal” (1988).

Tras una sola noche tocando clásicos del blues con los Hound Dog Men, -la nieve en la calle de la Madera nos llegaba a las rodillas-, unos años después nos metimos Siniestro Total a tocar tres noches seguidas en el Agapo y fuimos metódicos. Nos levantábamos por la tarde y nos plantábamos en el Agapo a ensayar un poquillo con un resacón considerable que nos curábamos con unos consomés con tintorro que nos daba Casto en el Palentino antes del bolo, al que llegábamos de subidón. Al acabar nos quedábamos en el Agapo hasta que cerraba y nos íbamos al Palentino a comer bocatas y seguir bebiendo hasta el amanecer, como cuando lo de las letras por la alcantarilla. Así durante tres días y tres noches que se prolongaron hasta una semana aunque no tuviéramos que tocar. Lo único distinto era el bolo: cada noche cambiábamos algo y fue cuando se nos ocurrió tocar el “Vamos muy bien” de Obús. No nos sabíamos la letra y eso nos costó una bronca monumental de Kike Turmix que sí se la sabía, así que tuvo que subir él a cantar.

En el Agapo nos enteramos del nacimiento de grupos y de la muerte de amigos (recuerdo especialmente la de Lalo) pero nosotros pensábamos que el local era eterno. Tremendo error, porque si algo bueno tiene la vida es precisamente que no es eterna. El Agapo cumplió su ciclo vital y el nuestro -vuelvo a la idea de Josele- no sería el mismo sin ese tiempo y ese espacio.

Mi primera vez. Por César Strawberry.

Entré por primera vez en el Agapo en enero del 85 para ver una actuación de la banda de ritm & blues que tenía Julián Hernández. Era un local pequeño y angosto pintado de gris y negro, lleno de unas incómodas barras verticales. Uno de los dueños se parecía increíblemente a Prince y vestía de lo más pintoresco. La música que Manolo Calderón y Kike Turmix pinchaban en el local fue única en el underground del momento y el garito no tardó en convertirse en una cita obligada para los chuzos malasañeros más militantes. Con el tiempo eliminaron las absurdas barras verticales y alguien pintó unos motivos egipcios en el fondo del escenario. Programaban conciertos increíbles a partir de las ocho de la tarde y no se echaba el cierre antes de las seis de la mañana. Los baños eran infernales, y el que tuvo que usarlos en algún apretón inesperado lo relataba después al detalle como una hazaña. Músicos, traficantes, fanzineros, artistas, macarras, actores, moteros, modernetes, borrachos y dementes en general, ávidos de diversión, coincidimos durante años en el Agapo, en unas noches inolvidables que algunos terminábamos con un suculento bocata de la ventanilla que el contiguo bar Palentino tenía abierta “nos stop”. Sin querer pecar de nostálgico, tengo la sensación de haber vivido un Madrid nocturno irrepetible que fue posible gracias a la iniciativa de gente osada como Álvaro y Marisa Ruiz, Santi Camuñas (Prince), Manolo Calderón y Kike Turmix, entre otros.

La amnesia de esa época. Por Fino Oyonarte.

Lo poco que recuerdo es que entraba al Agapo de pie y salía a cuatro patas. Los Enemigos, en el Agapo, tocamos muchas veces, incluso hasta cuatro días seguidos. También nos cambiábamos el nombre: Boinica Doble, The Little Pequeños, Objetivo Tu Hermana, The Singermorning, haciendo versiones de Buddy Holly, Humble Pie, Dr. Feelgood, Rufus Thomas, Kinks…

Besos a todos. Por Los Ronaldos.

Fuimos a primera hora, el cierre a medio echar, Álvaro Ruiz trasteando por dentro. Éramos unos chavales con una cinta de casette grabada a pelo en un local de ensayo; El Agapo, junto con La Vía Láctea, eran para nosotros templos donde acudíamos a disfrutar, escuchar, aprender y a mamar especialmente en los directos de El Agapo. "Por intentarlo que no quede", si no nos hubieran hecho caso lo habríamos entendido.

- "Somos amigos de Óscar Ruiz, traemos una maqueta." Suena por el equipo a todo volumen, la sala vacía, rock and roll sin motivo. Después del estruendo Álvaro, que nos miraba con cara de parece mentira el follón que montan estos mocosos con cara de mansos, dijo: "Suena clásico". ¡¡¡SUENA CLÁSICO!!! Uno de los hermanos Ruiz ha dicho que suena y además clásico. También dijo: "Os doy dos fechas." ¡¡¡DOS FECHAS!!! ¡¡¡EN EL AGAPO!!! Ni en la más optimista de nuestras expectativas contábamos con algo así.

Fue el primer escenario que pisamos Los Ronaldos y el único durante una temporada donde forjamos nuestro repertorio y pillamos tablas tocando y viendo agrupos como Los Enemigos, Las ruedas, Sex Museum, Los Potros, Kid Pharaon & the Lonelyones... y tantos otros que influyeron en nuestro sonido.

Un coctel muy especial. Por Barnaby Bowles (bajista de The Pleasure Fuckers).

Un año muy a principios de los noventa, fui al Agapo con un amigo inglés (rockero) que había venido de visita desde Londres y su hermana, que era una tía bastante normal que no solía liarla. Era el cumpleaños de no sé quién y había un cocktail gratis. Lo bebimos los tres, unas cuantas copas. A la media hora me dí cuenta que era un cocktail "especial" y así se lo dije a mi amigo. Claro, no nos habíamos enterado, un "coctel" para nosotros (¡los ingleses!) era un cocktail tal cual. Y la hermana, claro, había bebido unos cuantos también. La verdad es que estuvimos preocupados. ¡Pero al final la que mejor se lo pasó fue la hermana, que pasó toda la noche divirtiéndose y riéndose!

Licencias: El texto de esta entrevista están protegidos por una licencia permisiva BY NC SA de Creative Commons. Las fotos son propiedad de Nuria López. Enlace a este contenido: https://www.manerasdevivir.com/entrevistas/2011/agapo

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