![]() |
20 de Noviembre de 2008 | |
|
Relatos :: Kike Turrón
Mejor un invernadero de barrio que un congelador en el centro.
Dice la historia que en 1950 el barrio de Vallecas se anexaba a la ciudad de Madrid, justo el año en que nacía Camarón, ¡lo que son las cosas! Los años y los vallecanos lograrían que se mantuviese cierta independencia de barrio, cierto orgullo de identidad, del que aún quedan ecos en las paredes de la memoria de los vecinos de este sureño distrito. A día de hoy, esos ecos son voz inconsciente en muchos de los que paran por el Jimmy Jazz. Ese invernadero generacional del que a continuación y desde estas páginas que sostienes, daremos cuenta.
Si resumimos, desde el 50 hasta el 70 que no nací, van veinte y otros veintiocho largos años hasta yo llegar al Jimmy Jazz. Seguro que el Camarón ya se estaba poniendo para estas… Vida larga la del Valle del Kas, pero ¿hubo siempre bares? ¿Siempre ha habido borrachos? ¿Fueron primero ellos o los bares? En fin, ¡son tan pocas las dudas cuando un bar cumple diez años! Imagino que por eso, porque yo también soy carne de barrio (del de Hortaleza) por lo que llegué a conocer el Jimmy Jazz, aunque más probable y cierto sea que lo llegué a conocer por que me gusta tomarla, ponerme y todo eso. Lo mismo que es probable que esos ecos de orgulloso barrio de los que hablaba antes, esa soterrada conciencia de clase obrera, más bien sea desesperada rabia de borracha sed, y que conste que a todos nos gusta Camarón. Stop de Hortaleza, el Trylobite por Ventas, Flamingo en Malasaña y Jimmy Jazz en Vallecas. O sea, de mis licenciaturas y las facultades por las que he pasado y hasta, creo, en ese orden. Curiosamente esta última es la única en activo a día de hoy, gigantes torres cayeron en estas batallas de barra de bar. Otra curiosidad, la pitanza, o las popularmente llamadas tapas, nunca fueron el fuerte de todas estas tabernas, sin embargo, los que usaron su water close, si sabían de arrebañar y comer con los dedos. El Jimmy Jazz ha logrado llegar a los diez años de vida (no sin las magulladuras de su continuo rodar) manteniendo siempre una simple línea definitoria: música combativa bien alta y una barra con personalidad. De lo demás, solo es culpable la clientela. Tomando su nombre de una canción de The Clash escrita a primeros de los ochenta (que adaptó certeramente Kortatu a mediados de esa década) el Jimmy Jazz ha resistido en la línea de frente, sin apenas violencia, cumpliendo con sus reponedores de priba, que son los que, en realidad, mandan en esto. Ha resistido incluso más que algunos de sus clientes, de esos ya saben en las consultas y tanatorios de Madrid. Y ni los Clash ni los Kortatu, ni tan siquiera Camarón, han venido a tomar una aquí. Era arriba del barrio donde se situaba el primer Jimmy al que fui, el primero que existió, por el Alto del Arenal, unas calles por las que siempre me perdí al ir. No te digo nada al volver… y allí acudí una noche, la primera, para pedir día para tocar con mi grupo, siempre pidiendo. Cuando eso ocurría, el bar ya llevaba lo suyo caminado (se notaba en las pupilas y los renales callos) y su popularidad crecía un poquito más allá de la Albufera, medula espinal del barrio de Vallekas. Me la dieron y toqué y pedí de beber, por tocar, y ya no volví a ese Jimmy. Bajó unas paradas de metro, aunque jamás he ido en metro al bar. El domicilio nuevo (y actual) es en la calle Payaso Fofó, que ya tiene narices el nombrecito. Cuentan las leyendas vallecanas que por la cuesta de la calle Payaso Fofó que hay enfrente al bar se tiraba el Poli Díaz, el Potro, pasadísimo de farlopa, en plan piloto Kamikace y que la peña le jaleaba y que él se crecía. Habían pasado sus años brillantes, se le intuía sonao. Para él entonces, el ring era la ciudad entera. Ya ves que cosas. Una vez me robaron en la misma puerta, o sea, en esa cuesta, mi cochecito. Salía pedo cuando me echaron y lo primero que pensé es que me había olvidado de donde lo aparqué, hermana amnesia. Caminé y caminé por la calle del Payaso y nada. Apareció al día siguiente, mientras mi resaca aún daba bandazos. La policía lo halló en el mismo barrio de vallekas. Resulta que, al estar en reserva, los cholos habían decidido pasar de él e ir a por otro, más molón y con sopa. A día de hoy acudo lo menos asiduamente que puedo al Jimmy, y a casi todos los bares, lo reconozco. Va por épocas. En el Jimmy me pasa a veces, cuando estoy moco, que pienso que es lo contrario a un espejo. No me reflejo cuando me miro horas y horas mientras me la estoy tomando, desde el límite del vidrio, en este caso la barra, imposible de traspasar. No contemplo el grotesco espectáculo de ponerme mazo de chispa, aunque en ocasiones, el Vitín o Guso me lo recuerden. Me parece que una vez crucé esa frontera, la del espejo, es decir, la barra. Fue en volandas, creo que Curro y Tekila me auparon pillándome de los sobacos para que dejase de dar la tabarra. Entré al cuartito a lo que quería, claro. Veo lo del espejo, pero tengo capacidad para, mientras tanto, seguir comiendo la oreja a quién esté más a mano. Y lejos de las alas de mi imaginación azuzadas por el alcohol, que me hacen ver espejos donde solo hay barra, la realidad me dice que estoy en un invernadero, con sus olores, sus humedades, sus raíces y su tierra, tan agustito, creciendo al regarme. Me he visto (¿pero hay espejo realmente?) en el Jimmy en muy repetidas ocasiones insistiendo por un chupito (y con un corrillo alrededor), más volado que el Poli por la cuesta. Preguntando por drogas en voz alta o entrando despiadadamente al tigre o en procesión a la calle, al coche más cercano. Madre Tekila y descendencia, lo siento, pero soy así, ¿lo son más? Se que la respuesta es afirmativa. Por mi parte diré que esa costumbre la he hecho extensiva a todos los bares donde paro… ¿me educaré en el arte de estar cívicamente en el bar en los próximos diez años? En fin, que el Jimmy cumple años, y que en conclusión saco que hay dos tipos de bares, unos congeladores, por los que no pasa ni el tiempo ni la emoción ni nada más que la escarcha, de los que ni nos damos cuenta y otros que son invernadero, donde se dan flores, frutos, donde se da abono, gusanos y alimentos y donde uno se protege de los malos temporales. Nosotros, los clientes, nos metemos en unos u otros, invernaderos o congeladores, siempre para conservarnos, siempre para que nos rieguen y cuiden en la medida de lo posible… pero mejor invernadero, que hostias. El Jimmy es así, purito invernadero de invierno y de verano, así que, por la cuenta que me trae, ¡que cumplas muchos más! Ah, y si veis al Poli al volante de un coche, apartaros, que él tampoco para en el Jimmy Jazz. Kike Turrón. Del libro "X Aniversario del Jimmy Jazz" |
> |
|
El contenido de este sitio está protegido bajo una licencia de Creative Commons. Algunos derechos reservados. | Aviso legal | Manerasdevivir.com 1996-2006
|