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Cada día me duele más partirme el pecho
20 de Noviembre de 2008
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Relatos :: Kike Turrón

Mi batalla.
Por Kike Turrón.


En el macuto peto todo lo que necesitaré: otros pantalones, una maquinilla de afeitar, un par de camisetas, cepillo de dientes, un par de calcetines, mi agenda, algo de abrigo y un botecillo con jabón... se que la mitad no lo voy a utilizar pero también se que eso mismo pensó aquel menda que vendió un riñón en una noche de borrachera y que ahora lamenta su bizarro e inconsciente acto.

En el local me aguarda la guitarra, cables y el pedal de distorsión, ampli y micro, se que es menos que lo básico, pero tambien es más que nada. Las ganas van saliendo desde que me levanto. Son, las ganas, como un hilillo de saliva, siguen la senda de la carretera pringando planicies y altozanos, plantando charcos en gasolineras, es una correa que te lleva directo hasta la Fiera dormida que aguarda en algún rincón de mi negro corazón.

¿Son los cinco sentidos corporales cinco o son menos?, ¿Es lo que más nos acerca e identifica con nuestra primitiva naturaleza animal?, ¿Son estos sentidos más listos que la inteligencia o simplemente son más fuertes por ser más?

vista:

Asustado contemplo el espectáculo que hemos dejado sobre el escenario. Acaba de concluir el primer pase de la actuación de King Putreak en un pueblecillo del sur y sobre las dos mesitas que sujetan los amplis descansan dieciocho vasos vacíos con los hielos aún presentes. No, no es un exceso, simplemente es lo que cuesta matar los nervios, es el precio por sentirse a gusto, porque borrachos aún no estamos. Las ideas fluyen claras y comenzamos el segundo pase, subimos los tres, elevados, nos plantamos sobre el escenario. Solemos animarnos la Fiera en carne viva que tenemos dentro a golpe de chorretones de alcohol, responde como si arrojases gasoil a los ojos de un niño. La provocamos y nos dejamos: hoy esta permitido tocar a los animales. Son varios días los que llevamos fuera de casa y lejos de esta, los horarios son otros, también el clima y los hábitos más básicos se amoldan como pueden a la nueva situación: cago bien, pero veo que cago negro.

El vigilante nos mira y nosotros vigilamos, allí, en la estación de autobuses dispuestos a marcharnos a Castellón cargados con todo el equipo, nuestros gayumbos y toda la cabezonería del mundo multiplicada por dos. No sabemos si nos permitirán viajar con dos amplis, sus guitarras, un par de bolsas llenas de cables y unos cuantos bultos más con nuestros gayumbos, claro que preferimos preguntárnoslo a nosotros que hacerlo a otra persona. Al llegar a la ciudad preguntamos por la Okupa tras arrastrar unos metros nuestro equipaje. La gente nos esquiva no sin antes ver toda la escombrera que nos rodea, observan con ojos de sorpresa. Lo mejor será pillar un taxi... se escriben estas palabras en el cielo con nubes oscuras. Las podemos ver.

Oído:

Aprendimos rápidamente que la Función empieza y termina muchas horas antes y después de la Actuación.

Llegamos al bar y el dueño esta abriendo, reparo en que últimamente llegamos pronto a los sitios, debe ser porque llegamos a lugares de avituallamiento. El bareto es bonito, tiene un escenario al fondo del local con unas vidrieras detrás de este. Saludamos y comenzamos a meter la escombrera, el señor del bar nos pregunta que qué hacemos tan temprano, lo hace para presentarse y que nosotros lo hagamos, al parecer él no sabe nada de la actuación del grupo de Madrid, nadie le dijo nada concreto así que nos sugiere que es mejor no dar el concierto puesto que no ha sido publicitado. Los oídos son unos órganos que el ser humano controla a su antojo, debe ser que por eso están uno tan lejos de otro. Aunque estén siempre conectados, la información que reciben puede ser ignorada sin problemas, o sea, que desconectamos y preferimos seguir a lo nuestro, llenando su local con nuestros trastos y preguntándole por unas pantallas potentes para sonar chipén. Algo parecido ocurrió en uno de los primeros poéticos atentados de King Putreak. La fiesta era pija y por ello se celebraba en un palacete. Allí nos plantamos con nuestro equipo y con la Fiera, que aún no sabía dominar del todo sus impulsos; un cochero de la sala aparcó el auto y nosotros subimos al concurrido ambiente de risas, músicas de moda, alcohol y perfume. Parecía que no llegaba nuestra hora, para ello bastaba con mirar la parrilla de actuaciones en donde no constábamos, así que buscamos al responsable y le pedimos un mínimo espacio, queríamos escuchar una explicación... en medio de la planta media comenzamos a escupir acoples, escalas y versos durante cerca de veinte minutos, justo los que tardó el encargado en prestarnos su atención y rogar que detuviésemos aquella polución sonora.

Me llamó mucho la atención el día que me aplaudieron por mis poemillas, no tanto como el día en que la gente que nos estaba viendo comenzó a cantarlos por encima de mi voz, mis oídos no olvidarán eso, me resultó bonito y raro, tenía un gusto extraño y reconozco que me emocioné como un payaso al que le ríen sus gracias. Claro que aquello fue un solo día y yo, aquel año, ejercí de payaso los trescientos sesenta y cuatro restantes y no siempre se me rieron las gracias.

Una de las primeras veces que tocamos los King Putreak, aunque siempre parece que es la primera, hice un ridículo espantoso, cosa que sigo haciendo desde la primera. Tras probar sonido bajé el volumen del ampli y cuando me tocó usarlo seguía así. Aprovechando que estábamos en Bilbao solté un severo: bat, bit, iru, lao y tras pisar la distorsión descargué mi muñeca sobre las cuerdas: nada, cero, un silencio acicalado con la sarcástica risa del eco: lao, ao, ao...

Mi voz se fue perdiendo y con ella los sonidos de los poemas y un poquillo de mi hígado, aquí ya no estaba en Bilbao. Demasiados días viviendo en un clima húmedo entre fríos cubatas de bares caliginosos. He oido que en las ciudades con nombre de santo hay que seguir la tradición. Apenas un chorrito de orina casi naranja era el recordatorio de aquellos días, pensaba, hasta que lo dije en voz alta y nadie me escuchó. Tenía una afonía de caballo y dos conciertos por delante y otros dos por detrás. ¿Compré medicina? ¿Traté de cuidarme? ¿Me corté de algo? No, padre, los oídos sordos. La Fiera, aún estando ronca, se peleó por ser escuchada cinco horas antes y cinco horas después, sin claudicar, dando el cante, traicionando a los sentidos, uno a uno hasta alcanzar al quinto.

Olor:

La cara del dueño del bar de Valencia olía a pánico, me resultaba extraño. Le veía venir con las manos en alto, gritando algo, mirando al cielo, con los ojos brillantes... joder, que bien que estamos sonando, hemos emocionado al jefe, pensaba yo mientras sonreía y postureaba, era la parte del solo de guitarra así que dirigí mi vista para ver que hacían mis compañeros: Babas sostenía al Panta en volandas y la cabeza de este último se acercaba, por momentos, al ventilador metálico que, situado en el techo, rotaba a unas buenas revoluciones por segundo.

Comprendí entonces el entusiasmo y la entrega del jefe del garito, tan solo pretendía evitar una desgracia, por que, la verdad, el garito estaba arreglado con gusto y toda aquella sangre lo hubiese puesto todo perdido. Aunque bien pensado, aquel sitio se llamaba El Asesino, que curiosas son las coincidencias. La Función continuó entre risas y las risas las regamos con güisky.

Una canción nos costó años mas tarde el lanzamiento de una silla por parte del responsable de la asociación cultural donde tocábamos. El tío era gay y creyó entender lo que no había en la canción “Simplemente Coño”, que como todos saben esta inspirada y dedicada a Kike Miller. Nosotros permanecíamos al fondo del local tocando y aquello vino del cielo hasta impactar con los micros y la nariz del Babas, lo mismo que el ventilador pero con mucha mala hostia humana, sin ninguna alcayata que lo amarrase al cielo. Todo se detuvo, el publico miraba hacia detrás, de ahí había venido el objeto, nosotros no nos lo creíamos y yo en particular, aspirando el aire de aquel garito, pensé que el concierto, a la segunda canción, había terminado. Pero no, amigo, la Función continuó y como siempre, la Fiera, encabronada, husmeando y con menos vatios de los deseados siguió retorciéndose y aprendió que hay que esquivar el vendaval aunque no evitarlo, puesto que las corrientes de aire eliminan los malos olores. Malos tufos como los que crían las camisas que utilizamos como uniforme, estas viajan y no salen mucho de su bolsa, a veces las damos un ventiladillo de veinte minutos antes del concierto, al terminar, mojaditas, se meten en su bolsa a descansar.

Sabor:

Es muy típico llegar a las cinco de la tarde y marchar a las siete de la mañana, llenado todas esas horas con gente, con charlas y algún bocadillo de mortadela, últimamente hemos catado el jamón serrano con una buena frotada de tomate en el pan, lógicamente esta mejor e incluso es más nutritivo que las aceitunas insertadas que lleva la mortadela. Atravesando una población vimos un establecimiento DIA. Entramos a comprar algo de beber y Jato, que venía conduciendo, trincó un par de paquetes de salmón. Paramos más adelante y con unas barras de pan revenido preparamos unos bocatas. Así se toma el salmón: robado.

Otra baza fue una especie de gripecilla, se me coló entre los tejidos y no estaba demasiado flamenco. Sabía de sobra que lo mejor era tratar de aguantar, no sentarme, engañarme a mí mismo como si no pasase nada, a fin de cuentas nada me sabía a nada, mis papilas sensitivas me habían dejado más colgado que el puente de Rande. No cené y pronto comencé con los cubatas que no podía disfrutar, y que, por cierto, en este bar de Asturias donde estábamos, saben de lo más rico, por el vaso o vete a saber porqué. El cansancio subió y yo subí como una sombra tras él al escenario. Las enfermedades suelen ser tímidas y saben muy bien donde se meten. Si pueden, se esconden durante la exposición en directo, luego te felicitan al terminar y se abrazan a ti fuertemente. Te sabe mal. Casi igual que cuando se pierden cosas, cuando vas regando bares y casas con tu música y tu escombrera y vas y pierdes la regadera, y no sabes muy bien donde pusiste la semilla. No te queda mas remedio que rezar a esa santa que es la suerte y esperar a volver a pisar por allí, por donde trabajaste hasta perder el sentido.

Tacto:

La gente por fin se marcha. Hoy dormimos en el suelo del bar donde hemos tocado: cartones, el asiento de un coche y algunas espumas para protegernos de la confortable mierda que se ha ido acumulando y que no es poca y que tiene olor recio y rancio. También nos tocó sobar encima del gaztetxe y otra vez vimos la delgada cara del cartón y el frío nos arropó hasta que conseguimos no escuchar el bakalao que hacía vibrar el suelo de madera que nos separaba del bullicioso mundo fiestero. Me acordé de la alfombra que empapamos en Galicia, de su tacto cuando recogí los cables al final del concierto. Me acordé de aquella estrella del rock que vi el otro día en la tele hablando del proceso creativo, contaba que se lo tomaba como un mecanismo en donde hay que crear y destruir. Ninguna tintorería salvaría de la muerte a aquel tejido al igual que ningún libro salva de la ignorancia a un tonto. Pin, pun, pan: un codazo al vaso y al suelo, un salto y roto otro vaso más, el mastil de la guitarra alcanza a otros dos, un baile desaforado se ocupa de los más escondidos, el saludo final tritura el hielo. Claro que si consiguiesen escurrir el liquido contenido en aquella moqueta obtendrían varios litros de güiski con cola, luego no tendrían mas que separar los vidrios incrustados y volvérnoslo a servir con hielo y limón y contemplar como se lo echamos de beber a la Fiera. Esa ocasión, al igual que en otras, la acción escénica fue más allá de lo legal, una cartera sonreía a mi vista y un turulo se incrustaba en mi nariz, en esas escenas no consigo distinguir la cara de la gente que nos ha venido a ver pero si suelo escuchar la voz del responsable del bar que con mucho tacto nos dice algo parecido a: os canteáis mazo. Se intenta.


El otro día, leyendo a Trocchi, me identificaba con una de sus descripciones. Hablaba de cómo veía él, por encima de su propio hombro, su trabajo, un trabajo de escritor que para nada estaba comprometido con la literatura sino, más bien, con la realidad. Muy interesante y demasiado complicado para lo sencillo que és. ¡Uhm! Me pareció tan llamativo eso de la realidad, eso del compromiso... por fin llegas cansado y casi siempre desastrado. Los gayumbos no te los cambiaste porque cuando tuviste la oportunidad de hacerlo tus pertenencias andaban lejos. El estado natural es de resaca. En tu bolsillo aún sigue el talego que te acompañó desde que saliste, no hay sentimientos que se puedan disimular ni sentidos corporales que duplicar. Las agujetas en la cara por las risas, las notillas en los bolsillos con teléfonos o direcciones, los cigarros machados que entraron hasta las cuevas de mis bolsillos, los lugares que visitaste tenían nombre de bar. Por fin llegas a casa y todo sigue igual. Bien, pero igual. Mirando muy por encima de mi propio hombro a la realidad me acuesto y cierro la verja metálica de mis parpados.

Kike Turrón.
Del libro "B.N.C.A."

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