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20 de Noviembre de 2008 | |
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Relatos :: Kike Turrón
Vida perra pero sin collar.
Por Kike Turrón.
Un día el correo trajo hasta mi casa el disco “La vida mata”. Aquel vinilo me abrió los ojos: en Madrid había rock interesantemente oscuro, sorprendentemente personal y suficientemente orgulloso como para prestarle atención. Y se estaba haciendo ya, calentito. La aguja (la del tocadiscos), se paseó durante varios meses por aquellos surcos anticlericales e irreverentes con los que me sentía plenamente identificado. Eran días de juntar el rock (a secas) con intoxicaciones químicas tardíamente adolescentes, así que dije si a los embriagadores riffs y al contundente talante que ostentaban Los Enemigos en su disco, que para mí, era el único. Me enganché, lo reconozco. Es solo rock and roll pero lo entiendo.
Mi barrio, Hortaleza, queda lejos del centro urbano madrileño, de la zona de Malasaña y su circuito de bares y todo su alboroto, que yo junto con los míos, cataba algunos fines de semana. En una de esas excursiones beodas ví en el Agapo a uno de los tipos de la foto del disco. Lo siguiente que me llegó fue “Tras el último no va nadie”. La compañía me lo dio y, ¡joder!, aquello si que era una pelea, una ración en todo el careto de angustia en carne viva, una “baja voluntaria” al mamoneo de la vida, un desplante al mundo, una patada en los ovarios al divino creador. Al poco tiempo se anunció la actuación de Los Enemigos en la sala Revolver. Tres días seguidos en una sala de mediano aforo donde tenía entrada gratis gracias a mi condición de cronista musical. Recuerdo aquellos bolos con mucho calor, intensidad, brillo en los ojos y familiaridad. No se por qué, pero al terminar el último de aquellos tres conciertos, decidí saludar al cantante y guitarrista y pedirle cita para que visitase el programa de radio “Buitre no come alpiste” que conducíamos yo y el Babas. El funcionamiento del camerino me permitió topar con Paco López y con Cristina Candil, y conseguí sobrepasar su control de seguridad, aunque no pude evitar (ni quise) que nuestra amistosa relación se mantuviera hasta el de hoy día. En fin, me presenté a Josele y estrechamos las manos mientras se cambiaba sus sudadas vestimentas, me dijo que se pasaría por la radio y me dio su teléfono. Semanas más tarde allí se plantó, delgado, con unas veraniegas bermudas y recién llegado de Cuba. La entrevista (que además de por la radio, pasó por las paginas del periódico musical vasco El Tubo) fue un éxito para el ego de nuestro universo musical plagado de droga y autenticidad. Aquel tipo con pinta esquinada y fama de ogro, al que le salían culebras por la boca durante los conciertos, resultó ser un tío majo. Así que, en los encuentros en los bares malasañeros (mayormente el Flamingo), nos saludábamos tratando de deformar nuestras pupilas. O si había alguna actuación, pues llamaba a la oficina de contratación y pasaba al concierto. Y en ese caldo fui conociendo al resto del grupo, con la inercia del roce y todo lo demás. Y salió “Gas” y de nuevo aterrizaron de pié, tapando el lector láser con un grumo de barro, abusando de las antiguas guitarras que portan colgadas de sus hombros. Durante esa gira nos vimos mucho, me dieron cuartelillo en no menos ocasiones y las relaciones se fueron asentando. Nos encontramos sobre todo por levante, bajo el vapor del güisqui, ocupé sus habitaciones de hotel. Recuerdo risas, sanas carcajadas con cuyo eco se escondía la luna. Entrevistarles seguía siendo un trabajo agradecido: pasaron por la tele, por la paginas de la prensa musical, por donde pudimos, por que nos gustaba. Josele se pasó por mi casa cuando las farmacias habían puesto el cartel de cerrado y le comenté que si se animaba a poner una guitarra en una canción que tenía para un disco que estábamos grabando los King Putreak. Y dijo que sí y me hizo ilusión, y más cuando se vino con Rafa Fustes a tocar a una de nuestras actuaciones. Y no te digo cuando nos permitieron abrir para ellos en Segovia. Todo un honor. El Babas y yo nos pusimos caretas de Josele para presentar su nuevo disco, titulado “Nada”. Y otra vez me los encontré por ahí, tocando, con el volumen alto, con el corazón empalmado, con la frente bien dura. Llevando esa placentera rutina con dignidad, provocando todo lo que no sea un accidente. En fin, “que si fuese recta la vía, nunca descarrilaría el vagón”, pero, amigos, como no lo es y la locomotora no cesa de tirar adelante, conformémonos con descarrilar y endurecernos el callo. Señores Enemigos, ha sido un placer conocerles en zapatillas. Kike Turrón De la biografía de Los Enemigos "Dentro" |
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