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20 de Noviembre de 2008 | |
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Relatos :: Kike Turrón
Iñigo Orzuelo.
(Médico de guardia de Pedreguer. Alicante)
Pocas cosas interesantes me ocurren aquí, en mi actual destino, un pueblecito perdido donde casi nunca pasa nada y cuando pasa, mejor que no se sepa. Mas me hubiese valido montar aquella clínica de cirugía estética en Barcelona y haber tratado con silicona los jepetos de marqueses e infantas. Si señor, mucho mas dinero y tanto mas fácil, menos caridad y reconocimiento por parte de los pacientes. Bueno, en fin, confesaré que todo hubiese ido mejor si no me tirasen las barras de los bares mas que a un tonto una piruleta. Quizá, si no hubiese sido así no habría perdido esa herencia familiar, ni a mi rica y aristocrática novia, ni aquel cupón premiado de la bonoloto, ni la poderosa salud de mi hígado.
El caso es que estaba en mi estado habitual: haciendo de punto de apoyo a la barra del bar de las fiestas del pueblo a donde había sido destinado por el colegio de médicos y la madre que los parió. También, porque no decirlo, estaba mirando el ganado, ¡que esta uno mas salido que la espada del Cid! Desde por la mañana me había levantado yo y mi cuerpo para atender los desmayos de los fieles devotos de la virgen del pueblo. No había llegado a tiempo de atender a los jóvenes que participaron en los encierros puesto que la noche anterior me había desbarrado bien con esa misma gente... pero bueno, ¡ya somos mayorcitos! ¡Que corran tras los toros, ineptos! Habíamos quedado por la noche para el concierto, con suerte, el grupo traería una cantante solista mas buena que el pan de higo, como la de hace dos años, que terminó en el pilón, arrojada detrás de mi por todos los mazos del pueblo. Como me quieren los cabronazos. Todo era un plan mío, para intimidar con la moza, ¡que luego ya pagaría yo a los chavales!, ¡ya les pagaría yo con bajas médicas y falsos partes para la empresa!, o con recetas para pastillas de las buenas. Estaba esperando a emborracharme en la barra mientras iban llegando los hijos de mis vecinos. Los puestecitos se encendían con lucecitas de colores que mi melopea distorsionaba hasta hacerlas tan moldeables como la cera caliente. Las gafas patinaban por mi nariz. Olía a churros y a chorizo. De pronto empezó el estruendo: alguien berreó algo del orégano y de la burra y la caña y un ensordecedor ruido empezó a caer sobre mi. ¡Virgen Santa!, ¡cagón la puta!: bendito reflejo el del cuerpo al crear el cerumen que nos tapona los oídos. Me dirigí a gritos a la camarera más rubia mientras me colocaba las lupas: “¿me pones algo, chata?, ¿cuándo terminas?.” Y ella, amablemente, me contestó: “aquí tienes tu guiski, cerdo, son seiscientas y lárgate.” Me dirigí al escenario. Si las camareras no me hacían caso utilizaría el plan B, o sea, ponerle ojitos tiernos a la mas maciza del grupo de rockeras que estaban atizando sobre el escenario. Me quité las gafas para evitar accidentes y para lucir mas guapetón Me acerqué mas aún al gallinero y de paso me refroté con algunas adolescentes. A todas les había puesto las vacunas hacía apenas cinco años. ¡Je!, pues no sabía yo nada., ¡me puse de un bruto! A trompicones y con más de media copa perdida por el camino me planté delante del escenario y bailé un ratillo para hacerme notar. La voz de la morena solista era un tanto ronca, se que le iba la marcha, tengo olfato para esas cosas... con todo ese pelo por la cara. La del bajo no era mi tipo, al igual que una de las guitarristas, era demasiado escuálida, con anorexia o algo por el estilo, parecían timidillas y ese rollo de llevar yo la voz cantante todo el tiempo a mi no me va. No las presté atención. La del bajo no estaba mal, el culo un poco gordito y pocos pechos, pero bueno, no todo el monte es orégano... o si. Allí, al fondo, estaba mi objetivo, sentada a la batería: pelitos rizados, rellenita, fuerte, con ritmo. Cerré los ojos y bailé para que se fijasen en mi presencia una vez más. Las canciones iban cayendo una tras otra, a un volumen brutal: ¿es que se habían perdido las maneras?, ¿es que el rosa ya no era rosa ni el azul azul? Bueno, al acabar ya me encargaría yo de devolver todo a su sitio. Me marché a por otra copa. Me temía que esa noche iba a terminar pronto en el catre con aquel pedazo de mujer que aporreaba sin descanso la batería. Me dirigí de vuelta a pié del escenario y, para mi sorpresa, mi amor se levantó de la banqueta y pegó una patada a su instrumento mandando todo a la mierda. Así me gustaban a mí, con temperamento. Sin embargo, me pareció ver algo raro en sus piernas, y un bulto extraño entre ellas. No me dio tiempo a pensar, una nausea recorrió mis tripas, en cuanto levanté la vista comprobé y verifiqué que aquella dama no era tal. Un energúmeno de ochenta kilos, mal tatuado y peor afeitado, se acercaba a toda prisa dispuesto a saltar sobre mi y quienes me rodeaban. ¡Horror!, haciendo un extraño tropiezo conseguí apartarme y evitar ser el blanco de aquella mole densa que desafiando toda ley de gravedad se arrojó desde el escenario al público. Bueno, público, lo que se dice público, poco había. El cemento recibió al exaltado y un chasquido de huesos removió el silencio. La que iba a ser mi prometida por esa noche se dirigió a mi con una voz ronca y tosca desde el suelo: “pedazo de hijos de puta, ¿pero como os apartáis?, ¿no veis que casi me mato?” Trabándoseme la lengua, traté de explicarle que yo era el médico del pueblo y que aquello había que mirarlo, que esas muñecas tenían muy mala pinta. Asintió (sin retirar lo de hijos de puta) y me lo llevé a la consulta. Lo primero que hice fue rogarle que se sentase en una silla de ruedas. A mi todo me daba vueltas y no estaba dispuesto a ver bailando a mi paciente en medio de mi sala de espera. Se sentó sin entender qué relación guardaban sus muñecas con mis tobillos y comencé la observación, pensando: ¡que suerte la mía!, si hubiese sido la solista cantante o la maciza bajista... en fin, le apliqué una espuma y le vendé la mano y con la excusa le llevé al hotel para que me presentase a sus acompañantes, todavía me quedaba una segunda oportunidad. Al llegar y con la borrachera un tanto apagada me coloqué de nuevo mis gafas, quedé horrorizado al comprobar que mis soñadas ninfas tenían perilla, brazos peludos y maneras toscas, estaba claro que tenía que revisarme la visual y tratar de beber menos y echarme una novia formal, por que cualquier día de estos... De todas formas, y esta es la moraleja, fui precavido y firmé una baja a mi paciente de dos meses, así, este grupo, que se llamaba, creo recordar A Palo Seko, no tacarían durante una larga temporada en mas fiestas patronales. Kike Turrón De la biografía de A Palo Seko "La paja en el ojo ajeno. Antilogía de milenio" |
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