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20 de Noviembre de 2008 | |
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Relatos :: Kike Turrón
Sangre, sudor y carajillos de ron
La escena se repite y es difícil no engancharse a ella... estas excursiones (las de los bolos) las financian los poemas y las músicas que inventamos. Eso supone todo un motivo de satisfacción, la creatividad tiene su precio y esta está en venta... por que lo de llegar a ser disco de oro, en fin, aún nos queda un pelín.
La noche anterior a salir de concierto tratas de acostarte tarde, por si durante la ruta puedes cerrar los ojillos, cosa difícil e improbable. Preparas algunas cosas en la bolsa: cambio de ropa, un poco de desodorante y un libro, por si lees. Cosa también quimérica. Cenas poco. A dormir. La mañana siguiente, tempranito, solemos quedar en una cafetería gallega del barrio, excelente por sus pimientos rellenos, su tortilla y ese lacón en salsa tan exquisito. Todas las caras albergan una intrépida sonrisa. Muchas veces sabes lo que te encontraras en tu destino, otras ni idea, aunque el nexo en común, siempre, será ver a una gente que les gusta el mambo, con ganas de liarla, y algún joven hostelero que tratará de llevar a buen puerto su osadía de traer a unos de Madrid. Nuestras armas, invariablemente, serán un puñado de canciones berracas envueltas en papel celofán o de regalo. Quizá una de las ocasiones mas bonitas de nuestra vida en la carretera fue cuando nos llamaron de la compañía discográfica de Manu Chao diciéndonos que le talonearíamos en su concierto en Madrid. Mas de cinco mil personas. Impresionante a la par que anónimo, porque la verdad, uno esta acostumbrado a la lucha cuerpo a cuerpo. Una vez actuábamos en Galicia y, guiados por la intuición, a la hora de afrontar el tema titulado “Quiero ser camello” (un clásico del repertorio de King Putreak) el Babas sacó una bolsita de droga y nos puso una tontería a los del grupo, en plena canción, instando al publico a que pasase a comulgar a pie de escenario. Parecía que aquello se iba a desbordar, sin embargo, la gente, desconfiada y precavida, no daba crédito a lo que veía y no se fiaba de que aquello fuese, en efecto, droga que regalaban los del grupo. Todo eso hasta que un autóctono se arriesgó y, volviéndose con cara de satisfacción, llamó a la masa a ponerse: ¡es de verdad, es droga!... tarde amigos, la canción estaba acabando y la sustancia también. Lo mismo que hicimos cuando nos contrataron para tocar en Mallorca. Nos habían avisado del peligro del aeropuerto, mejor dicho, de los picoletos del aeropuerto. Decidimos que lo mejor era ponérselo todo y que registrasen, si querían, que todo lo llevaríamos puesto. Bruno, avezado guitarra de King Putreak, era la primera vez que volaba en avión, y no te digo nada del viaje que se pegó: asustado, blanquecino, sudoroso y risueño, se debatía entre dos asientos y entre la química que poblaba sus entrañas, con los ojos brillantes y la guitarra entre las piernas, mientras el avión seguía su curso. Al llegar, la policía, en ved de venir a buscarnos, se limitó a contemplar nuestro etílico-químico espectáculo. No estábamos tocando con los grupos, pero si presentado la biografía (proféticamente titulada Tremendo Delirio) de Siniestro Total por tierras valencianas. Digamos que era una gira, por Fnacs, financiada por la SGAE donde charlábamos a la tarde con los medios y a la noche, con los gramos de comunicación. Habíamos cumplido con nuestra misión y era hora de salir a patrullar los bares de la ciudad del Turia: dos Kikes y un Julián Hernández, todos ellos tocados por la noche anterior que hubo que hacer, exactamente lo mismo. Uno no sabe como ocurren estas cosas, pero de pronto sonó en el bar un enorme cataplan que paralizó la música y el murmullo. Julián Hernández se debatía entre el dolor y la vergüenza, arrugado en el suelo, maltrecho al final de unas escaleras metálicas... pero, eso sí, sin haber perdido una sola gota del cubata que agarraba con su mano derecha (eso es profesionalidad). A duras penas le levanté y traté de trazar un diagnóstico. Julián me decía que le dolía el costillar mientras yo le aseguraba que eso era por el susto, que no había sido nada. Le acompañé a un taxi y le mandé al hotel para seguir a lo mío. Todo normal, una caída más, no es la primera vez que le veo hacer eso a Julián Hernández... por los cojones. Al día siguiente Siniestro había suspendido su bolo en Mislata y los siguientes, ¿por nuestra culpa? (estas cosas siempre son así). El roadi, que había llegado por orden del manager a recoger lo que quedaba de Julián, no paraba de sorprenderse cuando le decíamos, los Kikes, que se nos había caído el abuelo, que las escaleras era muy muy duras, que no había sido culpa nuestra. Todo quedó en familia y su costilla rota. Tampoco fue culpa mía el quedarme sin voz al tercer día de gira, quedando pendiente un bolo. Hablaba muy bajito y solo tenía cuerdas para cuatro palabras, las justas para pedir un güisqui solo, sin hielo, que dicen que arregla la voz. La voz, sinceramente, era fea, ininteligible, parecía otro idioma. Sin embargo, me salvó la policía (que tenga yo que decir esto, tiene sus bemoles), ya que, al poco de empezar el bolo, tres tíos uniformados nos invitaron a parar esa ruidera y dar por concluido el concierto. Y sigo con esos uniformados, esta vez los de verde, los que pegan los sustos en el asfalto. Esta vez era de regreso de alguna actuación, el aguerrido Trespi conducía y los demás íbamos incordiando, aunque recordándole que, la luz de reserva, estaba encendida desde hacía horas... ji, ji, ji, hacía él, pero a los pocos kilómetros dio su último aliento (la furgoneta, se entiende) y justamente, este coincidió con un control de esos de foto para los que van muy deprisa. Nosotros pasamos a diez por hora, por la inercia y saludando con la mano. El impulso nos llevó hasta el coche que te pone el multón, que no pudo más que acercarnos amablemente hasta una gasolinera próxima, donde hicimos lo que deberíamos de haber hecho hacía horas. La vida de grupo te lleva a diversas propuestas que, en fin, uno hace porque se debe a su arte. Esta vez éramos Huevos Canos, cerrando bolos con un menda de Miraflores de la Sierra. El tipo, rustico de planteamientos, tenía una discoteca y le gustó nuestra primera actuación, de modo que nos ofertó ser el grupo que cada mes, actuase en su discoteca. La imaginación manda mas que el sentido común y, nos propuso dar a cada actuación una temática diferente, ahí estuvimos vestidos como obreros de la construcción, disfrazados de Feria de Abril (¿?) y, como era de esperar, disfrazados de romanos, con sábanas y sin ropa interior debajo. Otra vez, King Putreak éramos invitados por Boikot a tocar en Barbate en días de Semana Santa. La imaginación nos llevó a ponernos capirotes, de esos tipo penitentes que se ponen los devotos. Por la rendija que nos permitía el modelazo apenas si veíamos, así que ibamos con pies de plomo. Eso hasta qu el humo blanco del escenario empezó a colarse por la rendijita, todo se iba cayendo a nuestro paso: guitarras, cubatas, micros... un vía crucis de padre y muy señor mío. La gente de allí aún nos recuerda por la épica procesión... Finalmente regresas al local de ensayo, mantienes el sentido del humor con la temblequera del no dormir y no dejar... y devuelves todo a su sitio. La cabeza todavía tardará un poco en hacerlo, pero es cuestión de días. Solucionado eso, buscaremos en los bolsillos los teléfonos que conseguimos en la ciudad que fuese, las pondremos a limpio y llamaremos: “hola, somos King Putreak, ¿te acuerdas que me dijiste que tenías un barecito donde poder tocar? Vale, el próximo sábado estamos ahí.” Kike Turrón Publicado en la revista “Todas las Novedades” en Junio del 2003. |
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