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20 de Noviembre de 2008 | |
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Relatos :: Kike TurrónLa Paja en el ojo ajeno. A Palo Seko
*La biografía de A Palo Seko la publico DRO en el año 91. Su título: La Paja en el ojo ajeno. Llevaba un cd acompañando la colección de relatos. La firmaban Turrón y Babas. El objetivo de esta biografía para los de Alcalá de Henares era no hablar de música. Se trataba de regocijarnos en la vida y milagros del grupo sin tener que escuchar sus discos ni estudiar los créditos de los mismos. El objetivo quedó cumplido. Menos mal.
La biografía se llevó a cabo en el barrio de Hortaleza, en la terraza del bar Stop. Mimi, batería de la banda, acudió varias tardes (dos, si no recuerdo mal) para esquematizarnos lo más florido de sus aventuras, siempre siguiendo un riguroso orden cronológico. A partir de ahí se confeccionó un guión surrealista y tras eso, se desarrollaron los personajes. Nació algo que era fruto de nuestra imaginación y de la ingente cantidad de cervezota que bebimos en estas sesiones con Mimi. Una de esas tardes que terminó en cerrada noche, Mimi marchó hacia su casa con tan magna cogorza que tuvo que parar en el arcén y echarse una cabezadita en la furgoneta. Se despertó con el atasco mañanero, desubicado, resacoso, y aún riéndose de lo que habíamos hablado horas antes. Carta de Isao Takahata. Era sobre mediados del año 95. Lo recuerdo como si fuese ahora mismo. Mi mujer recogió el correo del buzón que recibe el camino que lleva hasta la puerta de la mansión donde vivimos a las afueras de Osaka. Sentí como cerraba tras de si la puerta. Al momento se escuchó un grito, un alarido angustioso que me hizo dejar el ordenador donde estaba trabajando en mis memorias y bajar al piso de abajo para comprobar lo que estaba ocurriendo en la cocina. Mi mujer sostenía un sobre en una mano, sus ojos estaban llenos de lagrimas, su voz era un leve sollozo, encima de la mesa de mármol descansaban varias hojas. Le quité el sobre de su mano y me dispuse a investigar lo que había provocado a mi santa esposa este ataque de ansiedad y desasosiego. El remite era extraño, no estaba escrito en japonés, aquello parecía español, ¡claro que lo era! Lo recordaba de cuando firmé contratos con aquel país para la emisión de mi creación “Heidi”, ¡hacía ya muchos años de aquello!. Bien, la cosa empezaba perfecta, seguro que se trataba de algún royaltie atrasado, quizá algún fan. Tomé de dentro un trozo de papel cuadriculado, una carta escrita a mano, parecía la letra de un niño o la de un mayor descuidado y poco cultivado en el arte de la escritura. Había extrañas manchas de grasa anaranjada en las esquinas. Fui al salón a por un diccionario mientras mi mujer tomaba una tila en la habitación, permanecía ausente, sollozando y con la mirada perdida en la nada, reponiéndose sobre la cama, temblando. Comencé a leer la misiva sin prestar atención al resto del contenido del sobre: “Pasa Takahata. Somos una peña de Alkalá de Henares, el otro día andábamos borrachos en “El Metro”, el bar de nuestro barrio, y se nos ocurrió esto que te mandamos como portada para nuestro segundo disko, a la gente le ha molado mazo, nos gustaría recibir tu permiso para utilizar a tus personajes, aunque de todas maneras, veras que ya los hemos usado, así que hasta luego Karagüevo.” No entendía muchas palabras, seguramente mi diccionario estaba anticuado, pero, ¿qué había hecho enloquecer de tal manera a mi mujer? ¿No resultaba maravilloso que años mas tarde alguien quisiese utilizar mis dibujos animados?. Tomé el sobre de la cocina y vacié el contenido sobre la mesa de nogal del salón. Calló un compact disc. Me fallaron las rodillas, mis manos temblaron, mi tensión se desparramó sobre la mullida alfombra color naranja. No podía creerlo, los personajes que me habían permitido comprarme esta mansión a mediados de los setenta estaban allí, en la idílica cabaña de los montes Suizos donde vivían. Allí, en primer plano, Heidi, mi pequeña y pizpireta pastorcilla con un dedo introducido en su impúber sexo. A su lado, Niebla, mi perro San Bernardo Niebla posaba sodomizado por Pedro que con los pantalones bajados se mordía de gusto el labio inferior. Detrás, Clara, inocente y tullida ella, permanecía arrodillada y amordazada y humillada bajo los pies de la señorita Rottenmeier que vestía de cuero negro con un látigo en sus manos. Más atrás, al fondo de la casita, sobre la mesa y al lado de Blanquita, la cabrita, el abuelo de Heidi esnifando algo por la nariz. Me derrumbé sobre la mesa del escritorio y una lagrima brotó de mi ojo derecho. ¡Tantos años enseñando la moral a los críos! ¡Tantos kilómetros de pelicula con íntegros dibujos animados para ahora contemplar esto! Mi mujer no salió del estado de shock en días así que la llevé al medico. Allí me aconsejaron un ingreso inminente en una clínica especializada, en un psiquiátrico de Tokio. Allí me reuní con mi abogado el señor Miyaki aprovechando una visita de este a lo que quedaba de mi ejemplar esposa. Mi abogado dijo que pondría cartas en el asunto a fin de guardar la reputación de mi casta pastorcita y de todos sus amiguitos animados. Viajó hasta España y visitó de incógnito el barrio de Alcalá de Henares, cerca de Madrid. Aquella portada estaba por todos los bares de aquella urbana aldea. Tras continuar la investigación comprobó que más de nueve mil copias de aquel engendro andaban circulando entre las manos de otros tantos adolescentes. No contento con esto, visitó un concierto del grupo que había remitido aquel aciago paquete a mi dulce hogar. Me contó que eran cinco melenudos indeseables los que contempló durante casi una hora sobre el escenario. Era un ruido ensordecedor, y una extraña sonrisa en la cara de aquellos personajes lo que mas le llamó la atención. No intentó, por supuesto, ningún acercamiento hacia aquellos energúmenos malolientes. De regreso me mostró fotos de los malhechores y ¡horror! camisetas con la maldita portada de aquel disco impresas a todo color. Mi mujer continuaba en el hospital, estaba casi a punto de conseguir el régimen abierto. Mi abogado continuó el curso de la denuncia y la cosa fue bien. Años mas tarde, ya era 1998 pues mi mujer se había recuperado casi totalmente, me enviaron otra vez el disco. No salían los personajes sino las siluetas en blanco. Al menos era un adelanto. No se distinguía nada, así que decidí que era momento de escribir a estos señores para decirles que jamás volviesen a cometer una atrocidad semejante con mis personajes o la ira de mis abogados se posaría sobre ellos. Les envié, no obstante, mi señal de haber recibido sus disculpas, un japonés de honor es lo mínimo que puede hacer. Tomé la dirección del disco y les remití una carta. A los meses, mi mujer volvió a dar un alarido desde la cocina, pensé que su bonsai favorito se había marchitado. ¡Demonios!, ¿qué sucedía ahora?. Me encontré con que un sobre enviado desde Alcalá de Henares se escurría entre los dedos de mi amada y enferma esposa. La portada del disco, la primera que reciví, asomaba por el sobre, de nuevo a todo color, de nuevo el sexo de Heidi expuesto. Agarré con ira una carta que había en el interior y busqué de nuevo en el diccionario: “Ke passa Karagüevo, no hemos entendido un pijo de lo que nos decías, pero akí te enviamos la portada original y sin censurar de “Y no pasa nada”, gracias por escucharnos tronko.” Esto era demasiado, mis rasgados ojos se tornaron ovoides. La mirada de mujer se había vuelto a extraviar, sonreía mientras que un hilillo de saliva colgaba por su barbilla. Llamé al hospital de Tokio y solicité dos plazas, una para mi y otra para mi queridísima mujer... y aquí sigo, desde el año pasado me permiten ir solo al servicio, este daño me lo pagaréis cuando salga de aquí, delincuentes, indeseables. Hospital mental Koyako (Tokyo) Firmado: Isao Takahata (creador de Heidi) De la biografía de A Palo Seko "La paja en el ojo ajeno. Antilogía de milenio" |
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