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Cada día me duele más partirme el pecho
09 de Febrero de 2012
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Relatos :: Kike Turrón

De vacación.es


La avaricia rompe el saco: esa es una de las lecciones que más nos enseña la vida y que antes olvidamos. Quizá sea porque esta, la avaricia, termina en punta o quizá porque tenga filo. Volvía de unos días de vacaciones en Marruecos, había ido con la familia buscando playa, costo y tranquilidad. También buscando economía, porque no decirlo. El caso es que todo había ido de perlas: los niños habían montado en camello, los mayores habíamos hecho buenos negocios con algunos de ellos, la comida, el mar, todo a pedir de boca, ninguna tanganilla de esas que, como dicen las malas lenguas, en el moro abundan; todo suave y aunque nos tocó ver alfombras, conocimos peña maja, comimos cuscús bastante mal cocinado y nos relajamos, todo por el norte de Marruecos.
Habíamos estado en humildes pensiones, en contacto con la gente, todo eran buenos recuerdos, en las ciudades de más al norte conocen casi todos los barrios de Madrid y muchos de Bilbao y Barcelona, están acostumbrados a recibir nuestras visitas. En la última de estas habitaciones habíamos aprovechado para ocultar entre el equipaje el poco de kif y los aproximadamente cincuenta gramos de hachís que nos pensábamos traer como souvenir. Los moros nos habían dado consejillos para la aduana, sabíamos que lo mejor era portar la mercancía en el interior del cuerpo pero también sabíamos que era más cómodo, sobre todo para el esfínter anal, esconderla en la caja de la pasta de dientes.

Nos levantamos temprano para poder pillar el barco y el autocar adecuado. La primera frontera, la marroquí, la pasamos sin el menor contratiempo, tuvimos los típicos miedos al poner el pasaporte en manos de alguno de sospechosa oficialidad; libramos la segunda algo tensos, los picoletos siempre ponen más nervioso, ya sabes aquello de “lo malo conocido...” Los policías ese día estaban más interesados en detectar la entrada ilegal de pantalones Levi´s falsificados que en revisar cajas de pasta de dentrífica cargadas de cannabinoles. Cruzamos, estábamos de nuevo en casa, continente europeo, la dictadura de la civilización. Tras abandonar el puerto donde nos había depositado el ferry cruzamos la calle al encuentro de la cafetería más cercana, íbamos cargados con nuestros macutillos, cansados por el madrugón y con pinta de guiris. Nos detuvimos un minuto para llamar por teléfono desde una cabina que encontramos al paso. Justo en ese momento apareció un esmirriado yonki que nos pidió unas libras. Nosotros teníamos lo justo para una subida digna a Madrid, aún así le dimos una libra y media y le dijimos que iba dado. El yonki comenzó con susurrillos a comentar algo de costo, de rico, de barato. Yo venía del país del humo, no precisaba nada, había pasado con éxito la frontera, me había puesto guarro a fumar... “no, no necesito nada” le dije.

Al instante tenía una pelota de jash en mi bolsillo, él mismo me la había deslizado ahí adentro y yo la tocaba a ciegas al meterme la mano en el pantalón. Todo era cantoso: la frontera, los picoletos, a pleno día, el yonki, pintas de guiri, el jash... él iba reduciendo el precio inicial: seis, cinco, cuatro... yo no lo quería, no lo necesitaba, no tenía dinero, seguía con el costo en mi bolsillo y con un yonki pesado a mi lado que no pasaría inadvertido ni en el espejo de un ciego , miraba para todos lados: tres, dos. La palabra mágica, aquel peloto de costo por dos talegos era un jodido chollo, igualaba y competía en precios con el de Chefchaouen, estaba a años luz de lo que puedo pillar en mi barrio, era mi deber, a nadie le amarga un dulce.
El tío, mientras me juraba que se vestía por los pies, seguía nervioso, yo también aunque por otros motivos menos químicos que los suyos. Sus ojos vidriosos, su planta temblorosa y pequeñina, en el fondo le estaba haciendo un favor si le compraba esa roca, sería mi buena acción del día, por ese peloto jash me sacrificaría todo el viaje, nada de bocadillos caros y escasos de cafetería de autopista, nada de cocacolas, ni tabaco, en cuanto llegase a casa me pegaría la gran fumada y la dedicaría a la precaria salud del yonki. En fin, le entregué los dos talegos y el tío, literalmente, voló.

Fueron unos segundos, muy pocos, cuando aquello me empezó a oler muy mal. Pasamos al interior de la cafetería donde nos dirigíamos y pasé al baño antes de pedir ninguna consumición. Nada más entrar me saqué el peloto y le metí un mordisco. Me llené de rabia y escupí la tierra que acababa de tragar, apreté la bola con mi mano mientras un fino hilo de arena de playa se escurría entre mis dedos. Lo volví a mirar: cinta celo, arena y un fino plástico marrón, todo comprimido, todo daba el pego. Salí a toda prisa del servicio y me encaminé a la calle, seguía escupiendo granitos de arena, mire para un lado, para otro, doblé la esquina que me parecía tan grande como mi ridículo y tan solitaria como mis bolsillos: ni rastro de aquel desgraciado que me acababa de levantar dos talegos en arena y una libra y media en concepto de caridad. Allí estaba yo, mi rabia y mis dientes con tierra, en medio de una barriada marginal de Algeciras donde olía a navajas, a adicciones heredadas de padre a hijos, atrás había dejado la humilde austeridad marroquí, ya estaba en la tétrica pobreza española: bienvenido, capullo.

Entré en la cafetería y pedí dos vasos de agua. Él se estaría poniendo mi dinero por la vena. Acudimos a la estación de autobuses, seguramente ya le estaría bajando la droga. Pensé en todo lo que me habían dicho sobre Marruecos: cuidado con las tongas, no te descuides, que son unos liantes... en menos de cuarto de hora en la península ya me habían dado lo que todo el mundo me prometió que me ocurriría en suelo africano, en el moro. Subimos al autocar, él ya estaría esperando al siguiente ferry, al siguiente pardillo que le quitase el temblor a cambio de una legal y prieta pelota de arena.

Un oxidado cartel a la salida de la ciudad decía “Buen viaje, te esperamos”. Yo también me lo esperaba.

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