![]() |
20 de Noviembre de 2008 | |
|
Relatos :: Kike TurrónVuestra cara me es familiar
Las miré por última vez. Me subí los calzoncillos con la picha aún morcillona. Lancé el trozo de papel con su respetable y pringosa nueva densidad a la taza, cerré la revista que ya no tenía grapas y la coloqué en la carpeta de plástico. La cadena descargó. Las demás, allá dentro, también andaban descuajaringadas, salidas de su encuadernación (como yo estaba minutos antes) y... de nuevo les dije adiós, aunque ellas sabían que, en realidad, era hasta la próxima. Lo mismo que ellos, a los que no dije ni mú. Sí, ellos, quienes hace un ratito me miraban bien a gusto desde el papel cuché de la revista porno que tenía entre las rodillas. Estaba claro que no se podían dedicar tan sólo a follar (¡tan sólo y tanto!), no, me lo tenían que restregar, ellos, tan sufridos y exagerados, tan estáticos y brillantes, gesticulantes y sonrientes.
Fin de otra masturbación. Pensamiento escueto: ¿y si me encontrase a alguna de ellas, a alguna de aquellas solícitas chavalas por la calle? ¿La reconocería? La verdad es que mi colección de revistas porno lleva conmigo cerro de años. La que entra ya no sale. Me junté con una, otro cacho de otra, una más de otra marca, un colega que se cansó y las iba a tirar, algún hurto, encuentros casuales en papeleras… y a lo tonto las usé, las usé y me encariñé. Debe ser que soy monógamo. Me imagino que todas esas damitas y todos esos hombretones que aparecen follando, atrapados momentáneamente en mis neuronas por la fórmula de la eterna juventud que les concede el papel impreso, ya deben de estar, hoy por hoy, metidos en años, a punto de alcanzar los cincuenta y muchos. Ha llovido mazo desde los ochenta y no siempre se tiene paraguas. Quizá hayan cambiado de trabajo, por gusto o por necesitad, o porque no les ha quedado otro remedio. También por las exigencias inherentes a su profesión, es decir, uno no puede estar empalmado día y noche con cincuenta tacos, ¿o sí? Quizá lleven una vida ejemplar (incluyendo a hijas e hijos que se masturben en la placentera soledad del cuarto de baño con sus jóvenes compañeros de gremio, contemplándoles estáticos desde otras revistas porno de nuevo cuño) y ya no tengan que eyacular o embadurnarse a diestro y siniestro bajo potentes focos y brillantes flases en decorados cutres. Y todo para llevar a sus hijos a la escuela y llenarles el plato de comida. No sé, es como si los conociese desde hace años, muchos años. Muchas gayolas. Al reflexionar sobre su cercanía me doy de cuenta de que, por ejemplo, a mis tíos y a mis primas las veo un par de veces al año como mucho, ¡uy!, exagero, le llamé el otro día y había sido madre... ¡mi prima la pequeña! La última vez que la vi empezaba a salir con el chaval, con el padre de la criatura, niño. Si sigo tirando del hilo de la memoria se me parte en trocitos, deshilachado por mi quebrantable retentiva y mi poca afición a las visitas familiares. ¿Fotos de mis abuelos? - que en paz descansen - quizás veo alguna Navidad de cada seis, y va en descenso; sin embargo, con toda esta gente y sus circunstancias quedo una media de dos o tres veces por semana, eso si imagino una media numérica a lo largo de mi vida, que es mucho imaginar. La familia unida es la más querida, que dibujaba Robert Crumb en sus historias. La carpeta donde las guardo la conservo desde mis años escolares. Me refiero a donde archivo mi rancia colección de revistas porno, porque uno es muy ordenado para estas cosas. Era mi carpeta de dibujo y pronto le encontré una utilidad y una complicidad magnífica, y mira tú por dónde ¡ahí terminó mi futuro como pintor o delineante! Cuando vivía en casa de mis progenitores las guardaba en esa misma carpeta, era en el cajón menos a la vista de mi habitación, en un estante de difícil acceso situado detrás de la mesa donde hacía los deberes. Alargando el brazo aparatosamente daba con ellas y, sin mirar, pillaba alguna, la camuflaba con un ejemplar del País dominical y al baño. Durante una época probé a esconderlas detrás del pie del lavabo, para evitarme la sospechosa rutina de irme con lectura al excusado, pero se me estropeaban mazo por el mal acabado de la obra y arrinconé rápido esa opción de escondite. Con mi independencia hogareña las revistas se quisieron venir disimuladas en la mudanza. ¿Quién se va a hacer pajas yéndose a vivir con la pareja? Me preguntaba yo. Encontré rápido la respuesta y ellas encontraron rápido su inamovible y a la vez clandestino, accesible hueco (¡cuántos adjetivos caben cuando uno se entretiene en describir las cosas personales!) Ya era suficientemente mayor e independiente, pero, en fin, no soy de los de tener el porno en un altar, así que todas en la carpeta del cole y a la estantería, diferenciadas del resto de mis cosas por el lomo azul del archivador de dibujo, camufladas para el resto de los ojos por guarras: diferentes tamaños, unas de leer, otras de mirar, en color, blanco y negro, desunidas... un tropelillo picante, discreto pero entrañable. Me conozco casi de memoria la mayoría de las escenas que tratan esas páginas, tanto en su parte narrativa como en la ilustrativa. En esta última parte, ya te digo, podría reconocer a mucho personal que aparece por esas hojas en situaciones siempre comprometidas, otros añadiríamos victoriosas. Son años, muchos años, dándole entretenimiento al aparato. Y, en fin, reconozco que hago un flaco favor a la industria del porno impreso con mi manía de no invertir un duro en adquirir nuevas referencias que permitan un momento de respiro para mi cansada fantasía, pero: ¿alguien cambia cada cierto tiempo las pinturas de Goya, Picasso o Matisse para que no aburran al personal? ¿Es que el Gernika está desfasado por tener récords de visitantes y hay que cambiarlo? La respuesta es no, y de hecho, se siguen haciendo colas para contemplar esos cuadros o para ver a la Venus de Milo mutilada, que la pobre está en París. Así que, casi como obras de arte, me imagino que mis revistas serán heredadas por quienes vengan detrás mía, no aumentando el valor económico, que lógicamente no tienen, pero sí su utilidad. Sé que existen lugares para intercambiar material de este tipo, pero me extraña que me den algo similar a lo que tengo, y más me extraña que alguien acepte esto como gastada moneda de cambio. Y es que tampoco se trata de traicionar al corazón, ¡dónde vamos a ir a parar!, que uno no es un vicioso (ya te digo, si acaso monógamo) ¿a qué estamos: a hacernos pajas o a ver revistitas? ¿Son acaso los medios más importantes que el justificable fin? Carol, Gina, Lena, Madame Baiser, Rosie, Astrid, Lilian, Denise, Rob y Kirt, Mike y Flora, en distintos idiomas: francés, inglés, alemán y castellano, siempre ayudándome a levantar el ánimo, siempre fieles a la promiscuidad... el gusto sabéis que es mío. Bueno, pues a lo que vamos, que son muchos años después de todo eso. Resulta que iba camino del médico, pues me tenía que mirar algo en la espalda que me estaba jodiendo bien desde hacía tiempo; pedí hora y hacia allí me encaminaba, a la clínica donde me tratarían de quitar el dolor; al llegar me encontré lo típico: unas sillas, un par de enfermos delante de mí y una enfermera que anunciaba quién debía entrar. Me lo sé de memoria. De pronto caí: soy mal fisonomista pero ya has comprobado cómo mimo mi colección de revistas. Aquella señora, la enfermera, me sonaba un montón y sabía que era de una de esas revistas, en concreto de un volumen titulado Las Cartas Prohibidas de Pen. Era la chica de la foto de la página treinta y dos, la que ilustraba, fíjate lo que son las cosas, una historia sobre un dentista que anestesiaba en exceso a sus pacientes femeninas y se beneficiaba de ellas en tal situación, así hasta que una se dio de cuenta, contuvo el aire para no adormecerse con el gas y se vengó follándose igualmente al dentista, aunque tomando ella las riendas de la jodienda. ¡Menuda venganza! Ella, en aquella foto, salía jovencita. La misma era en blanco y negro y de tamaño reducido, y salía con media melena de la que no me podía imaginar el color aunque la intuía rubia, y con las piernas abiertas de par en par, muy abiertas, mirando a cámara, sin hacer nada más que mostrarse, sin más modelos, provocando una escenita, sin sonreír, a lo suyo: enseñando su raja peluda. Calculé para cerciorarme de mis sospechas: si en aquellos años del posado tenía unos veintidós, ahora, en pleno dos mil dos, estaba claro que tenía menos de cuarenta y cinco. Me cuadraba todo jugando con un margen de error de cinco años. Su pelo era triguero en la realidad, aún con encanto sus facciones y yo, claro, volando en la imaginación, posado en su raja, aunque cuando aterrizaba en el suelo pensaba: ¿le entro y se lo digo? Y yo mismo, como por un resorte provocado por la timidez, me respondía no, Kike, no digas nada, ¿es que eres imbécil? Seguro que lo negaría todo. Con su inmaculada bata blanca, su carrera de ATS, su estatus laboral en la clínica, ¿seguiría haciendo ese trabajo del porno ocasionalmente? ¿Guardaría las revistas donde salió? ¿Trabajó durante mucho tiempo en las revistas porno? Estaba seguro de que era ella pero, maldita sea, sólo lo sabía yo, ¿y el doctor? Menudo listo, ¿sabría algo? Pasaron los minutos y pronunció mi nombre: Enrique Turrón. Su voz era amable y suave, mi culo se levantó del asiento con ligereza. ¿Has traído la cartilla? Siento que hayas tenido que esperar. Me tuteó. No sabes lo que he esperado por ti (y contigo delante, entre mis piernas) seguía imaginando decirla… En efecto, una espera de años, seguía y seguía yo mascullando entre los líquidos de mi cerebro. Si ella supiese la de veces que me ha visto el rabo y la de veces que yo le he visto la rajita, siempre incomunicados por un papel... Sobre su mesa había unas fotos de niños enmarcadas; imaginé que se trataba de su descendencia o de sus sobrinos, o para disimular. Mira que podía haber sido guiri, o de Zamora, o estar lejos de aquí, en un mundo de mafias y prostitución, o de jefa en algún hotel de lujo, o en los almacenes del Corte Inglés o de ama de casa. No, estaba en la consulta de mi médico. Pasa Enrique, el doctor te está esperando. Mientras entraba, la cabeza se me giraba para no perder de vista a aquella mujer. Ya no me importaba lo que me dijese el médico, mi dolor había desaparecido por completo, ¡qué coño!, incluso pensaba no cuidarme en absoluto y ponerme a menudo enfermo para volver a verla, simplemente a ella, a aquella madura mujer con la que me había masturbado indirectamente durante muchos años de mi vida… y no era falta de respeto, imagino que cuando se abrió de piernas delante del fotógrafo contaba con ello. El doctor me dijo que tenía que hacer algo de deporte, que mi espalda ratificaba que hacía años que no practicaba ejercicio alguno, me dijo: la columna, Enrique, está protegida por músculos. Esos músculos son los que hacen que no reciba golpes o que NO esté expuesta a movimientos bruscos; el músculo amortigua, la defiende. Careces de ese músculo, así que te daré calmantes para eliminar las molestias y antiinflamatorios para que vuelva a su estado normal. Reposa un par de semanas y cuando estés bien plantéate hacer deporte, porque cuanto más mayor seas, más necesitarás de este músculo. Le pillé las recetas del calmante y lo otro. Antes de retirarme insistí, ¿pero tengo que volver a consulta para revisión? No es necesario, Enrique, con estas recetas y el reposo estarás en forma, pero recuérdalo: con el deporte lo solucionarás. Estaba deseando salir de la consulta y plantarme de nuevo en la recepción de enfermos para ver a aquella mujer. Así fue, nos cruzamos y nos dijimos adiós; si ella supiese... Nada más llegar a casa, tras haber pasado por la farmacia (era un dolor de la hostia), a duras penas me agaché y tomé entre las piernas mi antigua carpeta de dibujo. Busqué la revista y fui directo a la página treinta y dos de Las Cartas Prohibidas de Pen. Mierda, soy un mal fisonomista. No era ella ni por asomo, pero aún así aproveché el viaje al water close. Enrique, plantéate hacer deporte, cuídate el músculo. Gracias doctor, ah, aaah, aaaah, aaaaaah, aaaaaaaaaaah. Me corro. Kike Turrón. |
> |
|
El contenido de este sitio está protegido bajo una licencia de Creative Commons. Algunos derechos reservados. | Aviso legal | Manerasdevivir.com 1996-2006
|