Los niños zanganean nerviosos alrededor de un adolescente muchacho, este lleva una medusa muerta encima de una pala de tenis, una raqueta de esas de playa, una playa de esas de usar raquetas. Hay cierto pánico entre los mayores que contemplan al chaval con el cadáver de la medusa, se acercan hasta la orilla para ver que sus diablillos juegan felices en el agua, ninguna bestia marina viva los molesta. Todos los bichos que llegan a esta playa están muertos, muchos años y mucha gente o mejor dicho muchos años con demasiada gente. Un montón de toneladas de bronceador y de pringosas cremas hidratantes amén de los kilos de plástico de los juguetes rotos u olvidados y los litros de aceite de las freidoras de los restaurantes de primera línea de playa han conseguido eliminar el más mínimo signo de vida animal en la orilla de este litoral y en muchos kilómetros mar adentro. Es curioso, un accidente geográfico transformado en catástrofe natural. La gente piensa que eso es lo justo: si el mar nos puede matar nosotros podemos matar al mar. Todo el mundo esta feliz por la captura, algunos se han tomado una foto con la medusa muerta, después la han tirado a una papelera y la foto... la foto irá a parar al álbum familiar, espero que cuando lo vuelvan a ojear en invierno se cosquen de la aberración.
Se puede oler la tirantez entre las familias que veranean aquí, estamos todos los que no tenemos nada, el célebre juego de imitar a quienes se dan lujos: algunos están a gusto, otros por obligación, otros viéndolas venir. La carretera que llega hasta aquí esta plagada de mascotas muertas por atropellamiento, cuando los padres paran a mear en mitad del camino advierten a sus pequeños: cuidado no os muerda. Es una ciudad de mierda aunque, me imagino, en otros tiempos era un remanso de paz, un costero y discreto pueblo. Aquello cambió: pisos de mierda con sus elegantes terrazas de mierda, discotecas y merenderos de mierda, millones de autos y motos de mierda, restaurantes y heladerías de mierda. Es uno de los principales destinos turísticos de la población, un sumidero de frustraciones de burgueses pobres al que había acudido yo para matar el tiempo (nunca mejor expresado) en plena temporada, a tope.
Con el traje de baño todos parecemos iguales, o al menos eso pensaba yo hasta el día en que me topé con la verdad. Bueno, no adelantemos acontecimientos.
Observaba lo de la medusa muerta y me preguntaba que hacía yo en esa playa, con mi toalla, mi bañador y todos aquellos miles de personas y de papeleras.
Fumarme un porro me ayuda a pensar y eso era lo que necesitaba hacer: fumar. Hay quién prefiere la música clásica o la televisión, yo, particularmente, agradezco un buen trócolo, así que comencé a fabricar un cigarrito mientras el recio sol me atizaba en la cabeza con todas sus ganas y los chillidos de padres, madres y su combinación genética me retumbaba en los tímpanos como el sonido de una gran autopista. El agradable trajín del mar apenas era perceptible. La gente tiene una idea muy diferente a la mía sobre lo que significa tranquilidad y diversión. En fin, con estas me fui fumando el porro hasta que la sed y la presencia de un chiringuito me forzaron a incorporarme. Abandoné la toalla y comencé a caminar alejándome de la orilla, a los pocos metros comprobé que la arena hervía y que mis pies ni aguantarían el tramo de regreso a la toalla ni lo que me restaba hasta en chiringuito, comencé a transitar deprisa, la vista me ondulaba y unas gotas de sudor frío invadieron mi frente, algo marchaba mal, las piernas no respondían y los oídos me zumbaban, me estaba deshaciendo y aunque necesitaba sentarme continué camino del chiringo. Todo empezaba a oscurecerse como una película de cine que se quema. Dando eses y buscando una sombra fui a parar a la parte trasera del puestecillo al que me dirigía al inicio de la jugada no sin antes tropezarme con varios de los clientes que tomaban sus refrescos, me sentía pálido y débil, me parecía un poco a la medusa de la raqueta, me estaba secando por dentro, estaba realmente jodido. Sentado en la trasera apoyé mis manos sobre las rodillas, no oía nada, ni podía abrir los ojos, alguien me tocó el hombro: “pssi, pssi, aquí no puedes estar, ¿qué buscas?” Todo me daba vueltas cuando levanté la vista, traté de hablar pero no había manera de decir que quería con toda urgencia un vaso de agua. De nuevo me apoyé en las rodillas, tan solo tendría que esperar a que aquel alma caritativa me alcanzase un trago de agua, seguro que notó que estaba mal, que el sol me había cocido la sesera, que tenía una bajada de tensión. Por un rato me alegré de estar en un sitio con tanta gente, me alegré de estar en bañador, sin ningún distintivo de mi situación social, sin dar motivos de sospecha. El mal rato pasó poco a poco, el sudor frío iba desapareciendo cuando noté un nuevo toque en mi hombro, pensé que por fin llegaba mi vaso de agua, pero eso no era lo que se me venía encima. Miré desde el suelo y vi una pareja de policías con pantalones cortos y sin ningún vaso de agua, estaban ridículos: “chaval, levanta, ¿qué haces aquí?”. Intenté explicar mi estado de excepción pero no les convencí, la parejita siguió con su trabajo, mientras, en segundo plano, comenzaban a aparecer cabecitas de curiosos como ulceras de duodeno. La autoridad me requirió el DNI, ¡qué pretendían!, ¿Que lo llevase en la raja del culo?, ¿Es que no les interesaba lo que me sucedía? Estaba al borde del desmayo y el tío quería mi papela. Les expliqué que mi toalla estaba ahí al lado, que la familia bien, gracias y que en verano millones de personas, y yo me consideraba una de ellas, acuden a la costa. El circulillo de curiosos era numeroso, a la presencia de los maderos se sumaba la de un par de socorristas, chico y chica. Los niños, en primera fila del gallinero, habían abandonado sus juegos y estaban aguardando a poder usar su raqueta conmigo como la usaron para la difunta medusa, para llevarme a la papelera. Por fin me levanté y di solución a todo, resulta que la tía del chiringuito había llamado a la policía porque había visto a un “tipo sospechoso” merodeando por su negocio, estos llamaron al resto, yo me sentía como una estampa de Satán entre las hojas de una Biblia. En fin, eché un último vistazo a los ojos que me observaban, regresé a mi toalla soportando estoicamente el calor y me calcé, dispuesto a pirarme a otro lugar un poco más acogedor, más fraternizo, más fresco.
Kike Turrón.
Del libro "B.N.C.A."
Relatos Kike Turrón
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El callejón del Babas y el Turrón
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