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20 de Noviembre de 2008 | |
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Relatos :: Kike TurrónGuarro el que lo lea
Llegado este momento me veo en la obligación de avisar al lector que el relato que viene a continuación esta basado en la mierda. Nada de metáforas, parábolas ni comparaciones, trata de la mierda en el sentido estricto de la palabra, en el sentido puro.
Si esto fuese la Internet la cosa sería más divertida e ilustrativa, más interactiva: pinchas aquí y un cerote te inunda la pantalla del PC, pinchas allá y salen dos follando entre mierda, un poco más allá algo de coprofagia... pero no, esto son hojas pasadas por imprenta, la vieja usanza. Escritores universales dedicaron sabios alegatos a los pedos o a la mierda en sí, por ejemplo Quevedo o Bukowsky. Yo, ahora, me limito a narrar lo que me ocurrió hace algún tiempo. La charla, para variar, se desarrolla en la barra de un bar. Un bar de los de vermú y cañas. Dos y media de la tarde, hace buen tiempo. -¿Tiene agua el lavabo? Estoy pulsando el interruptor para apagar la luz al tiempo que cierro la puerta del retrete tras mi espalda. Hay cinco clientes repartidos a lo largo del lingote de plata que es la barra, yo estoy en compañía de una de esas personas. Respondo a su pregunta mientras me acomodo en la banqueta. -Sí. Claro que hay agua y papel y huele bien. -Es que me la suda que este sucio, incluso me jode menos que no halla papel... pero agua. Pedí una cerveza y me senté al lado de quién me hablaba. Venía de plantar un meo. Con la bebida vino de tapa una rodaja de chorizo acostada en una rebanada de pan. -Miro mucho lo del agua en los servicios, una vez me pasó algo que me obliga a asegurarme de eso antes de hacer ningún movimiento en falso. -Cuenta, cuenta. ¿Quieres un botijo? -Si, dabuti. Estaba de paso en la costa, un diminuto pueblo pesquero bañado por el Atlántico. Fui a visitar a los colegas por sorpresa. Paraba un mínimo de cinco veces al año por allí, llevando paquetería, ya sabes. Bueno, llegué directo al bar, justo a la hora del café, tras haber comido bien. Nada más llegar estreché la mano del dueño y me dijo que iba a buscar al resto de la peña para que bajasen a saludar y a tomar unos chupitos. Le di caña a la cerveza, un trago largo. Me puse a ojear el periódico y me vinieron ganas de tirarme un pedo. Lo solté, el bar estaba ventilado, la música amortiguaría el ruido y nadie me miraría raro. No se si fue la borrachera de la noche anterior, o la mayonesa de la ensaladilla que tomé en la comida o pensar en los chupitos de orujo que me esperaban esa tarde o este primer trago de birra, el caso es que aquel pedo vino acompañado. Noté algo en el culo y para asegurarme metí mi mano más allá del calzoncillo. ¡Mierda!, eso es lo que había, en mi culo, en mis calzones, en mi mano y en mis uñas. Disimulada y raudamente comprobé que nadie observaba mi jugada y me colé al retrete. Mal rollo, no había pestillo. Mentalmente repasé los pasos a seguir para una rápida maniobra. Lo primero que tenía que hacer era quitarme el marrón de la mano. Fui directo al papel, en el soporte estaba el cartón que da consistencia al rollo, pensé que era mejor emplear eso para limar zurraspas. Me bajé los pantacas para comprobar el desaguisado. Era terrible: una papilla marrón clarito con algunos grumos más oscuros campaba a sus anchas por mi ropa interior. -¡Hostia! Lo mismo me pasó a mi en Paris. Estaba visitando la tumba de Napoleón y me tiré un pedo traicionero de esos. En el servicio, donde, por cierto, tuve que pagar para entrar, me quité los gayumbos y con lo que quedaba limpio de ellos, me limpié el pringue de mi piel. El camarero, que ha estado escuchando algo, se allega hasta nuestra posición en la barra. -Si, yo estuve en Paris también. Tienen un morro que se lo pisan, fui a un concierto, era en un teatro y el acomodador me exigió la propina, ¡no te jode!, a mí... Ignoramos ligeramente su comentario, nuestra conversación no quiere viajar más allá del recto tramo donde desembocan los intestinos. Sigo escuchando el relato de mi colega que se salta olímpicamente la interrupción del camarero. -Ya tronco, pero yo llevaba botas y no solo el calzoncillo estaba pringado, también mi culo. No podía estar cinco minutos desabrochándome y sacándome el calzado y quitándome los pantalones para luego quitarme los gayumbos y volverme a vestir con el marrón en el cacas, imagínate que alguien abre y ve mi numerito. Arrebañé con el cartón, que había dividido en todos los trozos útiles posibles, todo lo que pude y lo fui lanzando a la taza. Al tirar de la cadena vi que aquello no tiraba, se quedaron los trozos allí, empapándose lentamente. Seguía con los pantalones por los tobillos y el culo pringado, recordé que las tuberías se intercomunican, temiéndome lo peor eché mano al grifo. Un chorrito brotaba tímidamente. Me puse nervioso y me subí de nuevo todo el cagarro estampado hasta tocar con la piel de mi trasero. Ayudado de aquel diminuto chorro y del alfeizar de la ventana quité lo más gordo de mis manos, comprobé que seguían oliendo a caca tras acercarlas prudentemente hasta mi nariz. Abrí la puerta. Ya estaban algunos de mis colegas y empecé a estrechar manos consciente de lo que eso suponía. -¡Aargg! Que asco, tío. -Ya lo creo. Me moría del corte. Total, que solté la excusa de la llamada: “voy un momento a la cabina... tengo que telefonear”. Me tendieron un móvil y rechacé cogerlo, solo me faltaba haberle tiznado el móvil de caca. Salí dispuesto a encontrar otro bar y lo hice. Pedí una consumición y bajé al tigre. Era peor aún, no tenía ni el cartón del rollo. Subí, me tomé la cerveza y un nuevo anuncio de gas surgió de mis intestinos. Confirmé que mi cuerpo, en ese momento, no quería cerveza. Pero tranquilo, lo contuve. -Ya, pero seguías todo cagao. -Si, al siguiente bar que fui triunfé. Me arranqué los gayumbos, cosa que fue difícil, ¡menudas costuras! Fui tirando del rollo hasta que, pasándolo una y otra vez por mi trasero, el papel ya no se manchaba. Tiré de la cadena y me senté a intentar expulsar todos los sustos que me estaban dando mis tripas, me limpié a fondo por segunda vez, luego lavé mis manos cinco o seis veces seguidas, insistiendo en mis uñas. Como un hombre nuevo corrí el pestillo y salí. -¿Qué hiciste con los gayumbos? Yo los tiré a la taza ¡qué se joda Napoleón, su tumba y los gabachos! -Los hice una pelotita y los tiré en una papelera de marca de helados que había al lado del servicio y me marché de nuevo a donde había quedado con mi gente. Menudo corte, por eso te digo lo del agua. -La verdad es que la mierda viaja más de lo que pensamos. Va de mano en mano y ni somos conscientes de ello. Yo una vez mandé una mierda en un tuperware a un profesor mío. -No jodas, eso si que es asqueroso y no es ningún accidente como lo mío... bueno, no sé. El colega pide otras dos cervezas y entra a mear antes de que las sirvan. Me acuerdo que durante mi época de estudiante en el colegio de curas nunca giñé en los tigres de aquella enorme y lúgubre escuela. No sé muy bien la razón, pero se que no lo hice. El que se ha ido al baño vuelve sacudiéndose las manos y quejándose del calor. Se dirige al camarero que anda abstraído atendiendo las noticias de la tele. -Bueno, pon algo de picar, que casi es la hora de comer. -Pues resulta que aquel profesor era un cura asqueroso. Me daba química y eso se me daba mal. El caso es que repetí un año por su culpa, precisamente el último que me quedaba en ese colegio tras ocho años de estancia. Mientras bebemos un trago nos pone un platito con migajas de patatas fritas y unas aceitunas. Me recreo recordando al profesor, todo el mundo tenía manía al cura este: gordo, con cara de mala hostia, serio, estirado y con un montón de tics nerviosos como recordatorio de todos los años que llevaba puteando a pequeños diablos a los que se la sudaba la química. -Al concluir el año que repetí juré venganza, a fin de cuentas era mi despedida. Mi hermano mayor pronto se unió a mi plan poniéndose a mi disposición. Yo le quería hacer tragar mierda, simplemente, que tuviese, al igual que la había tenido yo, la mierda delante de las narices. En casa pensé fríamente el plan: un paquete-mierda, plagiando a los entonces de moda paquetes-bomba. Le conté mis intenciones a mi compinche de sangre y señalamos una mañana en el calendario, justo esa mañana tomé prestado a mi vieja un tuperware que jamás regresaría a casa. Planté dentro un buen cerote, para ello me encerré en el baño de casa y con sumo cuidado serví la mitad de lo que me regalaban mis entrañas y lo cerré, sin mirar el contenido, porque aunque fuese mi mierda, me daba asco. Acabé de cagar, esta vez poniendo la cagada en su sitio, o sea, en la taza, y salí del retrete con aquello. Lo envolví en papel de estraza y, para que pareciese más real, en una etiqueta escrita a maquina, puse los datos del remitente con sus apellidos y todo. Partimos en el coche en dirección al colegio, en mi regazo portaba el paquetito, aún caliente. Haciéndose pasar por mensajero mi hermano hizo la entrega, mostrándome como garantía la firma del portero estampada en un falso albarán que llevábamos preparado. -Eso es mala hostia, ¿qué paso?. -No sé. Yo me deleité durante muchos días pensando en el careto que pondría el cura al abrir el recipiente y oler y ver un cagarro fresco. Una vez que lo viese ya no podría borrarlo de su mente, lo mismo que me pasó a mi con él. No creo que fuese a la policía, aunque hubiese sido divertido ver eso también. Lo mismo no lo abrió y lo tiró, sin más... aunque eso lo dudo mucho. Y así terminamos las cervezas, riéndonos de ambos casos. Pagamos y nos fuimos. En fin, te advertí. La cosa iba de mierda, y ahora que leo el relato diría que va de la interactividad de la mierda, de su difusión de mano en mano, de boca en boca. Esto no es Internet ni falta que hace. Kike Turrón. Del libro "B.N.C.A." |
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