Barricada  Manerasdevivir.com
Aquí podrás encontrar noticias, comentarios, fotos, mp3 raros, grupos jóvenes, grupos de siempre, buen rollo, bares y muchas otras cosas de interés. Este sitio web esta abierto a la colaboración de cualquier persona, es más, se construye gracias a las aportaciones de la gente que lo visita. Si te gusta esta manera de vivir anímate y vamos a seguir creando un centro de reunión para todos nosotros. Manerasdevivir.com 1996-2005
Cada día me duele más partirme el pecho
20 de Noviembre de 2008
Envía tus noticias    Busca
 Inicio
 Informa!
 Sociedad
 Foros  Foros
 Chat
 Grupos
 Fotos
 Vídeos
 Relatos
 Bares
 Conciertos
 Entrevistas
 Reportajes
 Citas y Cosas
 Descargas
 Enlaces
 Publicidad
 Contactar

RSS - XML

Licencia

Estadísticas

 Blas es malo
 Stop Criminalizacion
 Estela Rock
 Lignum Custom
 Puas Jimy
 Mp3 Connection
 Fender.es
 Cuerdasdeacero
 Leño
 Espectacularia
 LaMundial.net

 Usa Firefox

Relatos :: Kike Turrón

Colegas desconocidos


- Pss, pss, ¡Kike!

Levanté los ojos del papel que leía y ahí estaba él.

- Coño Güichi, ¿cómo va todo?
- Bah, como siempre. ¿Y tu?
- Liadillo como siempre, bli,bli,bli, bla, bla, bla.

Eran ya unos años sin saber nada de Los Arcos, sin saber nada de esa pandilla con la que compartí años de instituto. Eran días de borracheras injustificadas que trataban de justificar un presente ansioso, aburrido, urgente. Lo mismo de los ligoteos de discoteca, los escarceos tóxicos y demás maraña de elementos que se combinan hasta edificar una vida, o una parte importante de ella cuanto menos.

Güichi no es que fuese mi mejor amigo, la verdad que más confianza tuve con otros de los que paraban en esa calle del Barrio de Santa María. Pero por allí estaba siempre, como todos, en aquella calle sin salida en la que aparcaban todos los vecinos de aquellos bloques. Ironías del destino el que se tratase, el lugar donde parábamos, de una calle cortada y sin salida.



Güichi, por ejemplo, no estaba el día que unos cuantos aceptamos el reto de Pedro. Era un bruto descerebrado del instituto al que apodábamos El Pastor, un tipo muy rústico, muy suyo. Nos desafió diciendo que nos tiraba a cuatro contra él solo fumando hachis. Eso si, había que fumarlo en su silum. Flipaba. En mi equipo estábamos Erick, Babas, Kapipo y yo. Empezamos tarde con el hábito del jas, pero lo hicimos con muchas ganas. ¿Un año y medio llevaríamos fumando? Daba lo mismo, aceptamos el reto sabiendo que se trataba de una tarde con costo asegurada.

Kapipo aportó el espacio físico para la competición, con el material hubo colecta. Se lo cogimos a la Julieta, en el parquecito. Una pena, porque el Beni nos lo daba más enrollado por aquel entonces. Beni murió hace años, pero el tío pasaba buenas posturas y si estaba un poco puesto, cosa bastante habitual, te dejaba escoger de su bolsita.

Al llegar al trastero nos mostró su silum como si de oro en paño se tratase, intentaba impresionarnos al tratarlo como un guerrero invencible que en la contienda cannábica se situaría fielmente a su lado. Lo cargó, le pegó lumbre: calada profunda a los pulmones, llenos de humo, unos segundos, y fuera. Pegaba los morros soplando el aire blanco. Ante tanta pantomima Erick dijo que mientras esperaba turno se hacía un porrito para calentar. Tras cuatro rondas a Kapipo ya se le escapaban risitas flojas, para nada inocentes y si bastante hijaputas. Lo mismo a mí, que me hacían gracia sus risitas, que me tronchaba vernos allí sentados, entorno a una luz, con las piernas cruzadas, que ya empezaban a descruzar, tratando de acomodarse para r3epartir bien la sangre por toda la periferia de las tripas.

Más mezcla, más humo, más papel y lía que te lía y llena que te llena el barrito. La cosa se fue contagiando y las carcajadas tomaron forma de flecha, siendo el centro de su diana la persona de El Pastor. Se puso tenso mientras me rellenaba otro silum.

De pronto nos pareció escuchar que bajaba gente al trastero y dimos un soplido a la vela: ¡apágala y silencio! Ordenó el responsable del picadero. Amparado por la oscuridad alguna mano actuó (todos sabíamos que fue Kapipo, pero prefiero mantener ese pactado misterio aún hoy) y El Pastor recibió un toque en la cara y tan pronto como pudo encendió su mechero. Su cara estaba roja y no por la luz del chorro de gas prendido del mechero, sudaba unas gotas gordas de sudor que caían por la patilla hasta alcanzar algunas, en su último salto, la barbilla. Estaba rojo de rabia. Mientras observaba ese careto unos parpadeos me indicaron que alguien había encendido los fluorescentes del trastero. La carrera había empezado, esa era la señal. Salimos todos al pasillo y las risas ya eran tan maliciosas como motivos tenían de serlo. Nuestros ojos eran farolillos rojos encendidos. En el pasillo encendido casi se podía cortar el humo de la fumada. Pedro, El Pastor, se dio cuenta de que estaba solo en la tangana, él era su propio equipo y nos quería zurrar a todos y cada uno. En cuando dio el primer paso hacia a mi, saliendo del trastero, yo hice lo mismo en dirección contraria, igualito a cuando a Galeano describe la utopía. Así pasó lista hasta llegarle turno a Kapipo, que le plantó cara y, en un abrir y cerrar de ojos, le calzó una cata. El Pastor voló por encima de Kapi, parecía ligero, un fardo de palomitos de maíz. Pero no lo era y el caer lo delató, más de ochenta kilos de sebo estampados sobre el cemento de los trasteros de aquel edificio de Los Arcos. Nos reíamos como los niñatos que éramos, hasta no poder más, por la hostia, por la apuesta, por el Kapipo, por... eso si, lo hacíamos a una prudencial distancia, más cuando se levantó: lleno de mierda, ahora pálido, mosqueado y con la chupa rajada. Entonces sentenció: “os vais a cagar todos, pero Kapi, tu el que más”. Y se piró. Nosotros salimos al rato, tras ordenar un poco el trastero de los padres de Kapipo y repasar algunos momentos de la jugada, tratando de adivinar la posible venganza del Pastor. Sobre todo revisamos lo que nos quedaba de china y nos lo repartimos entre los que quedábamos. Salimos y fuimos directos al parque, a contar a todos estos la aventura. Ahí estaba Chumei, que se partió la caja, como todos los demás. Desde ese día ya teníamos qué decirle al Pastor cuando nuestros caminos se cruzasen: os vais a cagar, pero tu el que más. Y para colmo, a ojos de todo el barrio, había perdido la apuesta de la peor de las maneras que se podía haber hecho: abandonando y siendo él quién terminó tirado.

Volvemos con Güichi. Comencé a relatarle todo cuanto andaba haciendo en esos meses, ya muy distantes de la movida con el Pastor. Iba meciendo mi conversación con el vaivén del bus. Le conté lo que yo hacía y lo que hacía Erick y el Babas, a los que seguía viendo a menudo, ya que nosotros nos habíamos exiliado hacía años unos metros más abajo de Los Arcos, al Stop, un bar de esos que merece capítulo a parte. Le comenté de lo interesante, lo morboso y de lo profesional: apariciones televisivas, colaboraciones con revistas, intentos por publicar libros o proyectos radiofónicos.

Güichi siempre había sido uno más, así que le solté todo, pudiera interesarle o no.

El bus seguía su ruta de curvas, paradas, gente, semáforos y más curvas. Un camino hecho miles de veces, el camino desde el centro de la capital a Hortaleza, el barrio. Güichi me escuchaba atento. De aquella quinta de Los Arcos nadie había destacado en nada en especial, ya sabes, clase media, basura blanca. Nadie había terminado carrera alguna, ni se había lanzado en picado hacia una cuesta de sueldos y ascensos, mucho menos nos dio por presentarnos a oposiciones o por ser aprendices de algo; por el contrario, acción y vocación habían tirado con ahínco de nosotros, pero al lado chungo. Le seguí contando.

- ... y estos andan puliendo choco, huevas riquísimas.
- ¡Qué bien! Les daré un toque.
- ¡Bah! Nos ponemos morados de piche, tripis, dexis, en fin, de todo un poco.
- Ya veo, ya veo.
- Y el Dobi acaba de subir del moro, ayer estuvimos con él y hoy...
- ¡Ja! Cargado de que-te-dije.
- Si, pero no creas, esta chunga la aduana.

Él estaba como siempre, allí, delante de mí: rojete de cara, fuertote, ingenioso si se terciaba, con su pelo rizadísimo y rojo pegado a la cabeza, cabezón y bajito, siempre con el aspecto de ir a reventar. Se había puesto lo que todos, había trapicheado algo de farlopa en alguna ocasión, también tate algunos meses, entendía lo que le estaba diciendo.
Encaramos López de Hoyos tras cortar la yugular a Arturo Soria. En la parada del Mesón las Tres Ruedas se bajó mucha peña, siempre sucedía así. Le conté un par de detalles más sobre mis nuevas amistades y sus gracias. Timbre para que el bus respete la parada.

- Bueno Güichis, ya nos vemos, si los ves saluda a esta gentuza.
- Si, vale... pero no te creas que los veo mucho. Yo también ando liado.
- Joder, es chachi, que me pongo a rajar y ¡no veas! ¿Qué andas haciendo tu?
- Pues, no te lo vas a creer... voy a una academia para prepararme, me quiero presentar a...
- Joder Güichis, siempre estudiando ¿Es que no te cansas? Tío, hay que vivir un poco la vida. Estoy ahorrando para pirarme a Ámsterdam, me han dicho que eso si que mola. Pero dime...
- Me quiero presentar a inspector de policía.
- ¿Cómo?, glups, pero tu...
- Ya se lo que me vas a contar, pero dentro de la policía hay vericuetos guapos.
- Yaa, guapísimos... seguro.
- No, en serio, yo no iré puteando.
- Lo dicho, nos vemos.

Estaba claro, nos hacemos mayores. Hace años que veo maderos y monjas de mi edad, el enemigo esta infiltrado colegas, lo ha hecho sin coscarnos, hasta el cuarto de baño. ¿Se estaría entrenando conmigo? El tío me dejó rajar y rajar y rajar, dándome las cuatro palabras suficientes para que yo respirase y siguiese con mi retahíla de acontecimientos. Volví de nuevo a pensar si es que estaba usando conmigo nuevas estrategias policiales para recabar información, ¿habría hecho los deberes de esa tarde conmigo en el bus? ¿Experimentos de opositor a estupa? No era eso lo peor. Me parecía injusto y estúpido. Jamás me echaría a trabajar de madero, si lo tuviese que hacer –hago un esfuerzo supremo con la imaginación- no podría verlo con optimismo ni trataría de demostrarme que tengo razón, que estoy por el camino correcto, que mi culo quedó salvado.

Por esto hay que andarse siempre al loro, porque cualquier día tu mejor amigo se pasa al otro bando y abusa de lo que aprendió de forma natural, por la relación con su entorno, por el roce de la vida y lo convierte en arma adulterada. Siempre he visto que lo fácil es rendirse y que lo difícil es mantenerse ahí, digamos que contaminado de tu propia mierda.

Resulta curioso comprobar que el encuentro con un colega te puede hacer sentir, aunque sea de lejos, el verdadero peso de la ley uniformada. Claro, que también tuve el encuentro con Pedro El Pastor y ya sabes que lo que me vaticinó al salir de aquel trastero: os vais a cagar todos. Razón parece que tenía, ¿qué habrá sido de Kapipo que era el que más se iba a cagar?

Kike Turrón.
Escrito en 1998 y publicado en el cd-libro “Nadie come del aire” (Subterfuge- 98).

  • Relatos Kike Turrón
  • Relatos Kike Babas
  • El callejón del Babas y el Turrón
  • Inicio Manerasdevivir.com


  • Grupos La Agencia

    Maldito Records

    Maldito Records


    Rock Management


    Malas Noticias





    Humo Sapiens

    Los Amanece


    Radio Carcoma

    Grupo al azar
    Base de datos

    Sorteos
    Aupa Lumbreiras fiesta presentación

    Indana 4 CD's

    Dr. Sapo fin de gira

    Varios
    El Callejón del Babas y el Turrón

    El Rincón de Los Gemelos

    Rockográficos
    Caskärrabias
    Barricada
    La Gripe
    Los Enemigos
    Los Golfos
    Tripi JB
    Extremoduro
    Rosendo
    Platero y tú

    Colabora
    ¿Quieres escribir algo? ¿alguna noticia?
    Somos más de 11.000 visitantes diarios.

    Estadísticas

    >
     Software Libre
     Apache  HispaLinux  MySQL  PHP

    El contenido de este sitio está protegido bajo una licencia de Creative Commons. Algunos derechos reservados. | Aviso legal | Manerasdevivir.com 1996-2006