El recuerdo manda a sus contratados a trabajar. Las sustancias del cerebro se organizan entonces y rebuscan entre la oxidada memoria, cada vez les cuesta más encontrar algo, pero se esfuerzan. Les encarga, el recuerdo, colocar una réplica del bar donde hace meses me estaba tomando una copa. No es tarea complicada, hay imágenes de ese bar amontonadas por todos los rincones de mi cabeza. Quizá alguna más, se oye de pronto decir impertinente a la conciencia. ¿Cómo? Reacciona el recuerdo. Vuelve la primera: digo que te estabas bebiendo más de una copa. Da igual, aquí mando yo, responde serio este. Y sigue poniendo a gente, música a buen volumen, la dichosa copa de licor y la acción. Preparados, listos: ya. Allá estoy yo ese día que me prepara el recuerdo, entonces me veo estirando la cabeza en un estudiado, y repetido hasta la saciedad, ritual de pavonearme para ser visto, para controlar, buscando miradas, reconociendo gente, queriendo dar con alguien conocido, que ya ves tu lo que me importa si hay o no alguien conocido, más cuando no he quedado ni espero a nadie. Pues allí estoy en pleno alarde exhibicionista. ¿Para que te sirve dar esas explicaciones? Inquiere la conciencia de repente. La ignoro... Pues allá estoy con esa manía mía de estirarme cuando mi mirilla fija su objetivo en un tipo con incipiente barba, chupa verde, sonriente, con gafas y pinta de universitario. Levanto unos centímetros la cabeza empujando desde la barbilla y él me devuelve el saludo. Un trago a la copa y voy hacia allá. ¿Qué pasa? Me mira sonriente. Ya ves, aquí, responde. Entonces le planto un pico y me retiro sonriente. Pero es raro, certifico rápidamente, él solo se lo ha dejado dar, no empuja, sus labios no dan beso, son dos trocitos de carne húmeda de unos doce gramos de peso, muerta, a los que mis labios han besado. Me aparto, como decía, y contemplo como sus ojitos han aumentado de tamaño detrás de esas gafas de montura ligera. No disimulan la sorpresa, es más, detecto que no se ha pasado la manga de su chupa militar por la zona que he besado de milagro, pretendiendo limpiar el besito, aunque con los ojos trata de mirarse ahí, a los labios, como si algo raro le acabase de suceder. Venga, le digo al tipo dándole un empelloncito en el hombro, voy pá ya. No dice nada y mantiene cerrados los labios como si en ved de saliva tuviese Lottite. Me piro allí en dirección a mi primera posición. Analizo lo sucedido nada más poner mi codo en la barra. Hay que tener en cuenta que la conciencia siempre trabaja antes que el recuerdo, este es mero archivero de lo que ella le envía, es decir, de lo que la memoria almacena. La secuencia sigue, ya sabes que los rodajes valen muy caros. Aún no me he dado la vuelta para contemplar el redil, pero tonto no soy, y cuenta me he dado de que no era él, que había besado a alguien sin siquiera conocerle, que me había confundido y que ese tío no tenía por costumbre saludar a sus amistades con un pico en la boca. O si, pero solo a sus amistades. Yo no era su amigo, soy, lo reconozco, muy mal fisonomista, aunque ahora, que duda cabe, ya me conocía: el de los besos por el morro. La conciencia, que nunca abandona la función, me certifica el dato al instante. Mierda. Le pego un sorbo al lingotazo, que esta vez es de verdad y no fruto del recuerdo o la imaginación. Voy con la mirada al lugar del suceso. El chaval de barbita va con otros tres y entre la cuadriga están analizando la movida, dos se ríen, otro mira anonadado hacia mí. Doy un volantazo con los ojos antes de que nuestras miradas se crucen y se estrellen, pero enseguida vuelvo a mi carril. Les miro. Barbitas seguro que les está diciendo que qué fuerte, los otros preguntarían que si me conocía de algo, alguno pensaría que dé qué coño iba yo, que si maricón... se tiraron un ratito así, al mamoneo del corrillo. Mi mirada les recorría a distancia, mi ridículo se escondía detrás de mi soledad... menos mal, pensaba la conciencia, te esta bien empleado. No se como empezó esto. Digo lo de saludarnos con piquitos, no las lagunas de mi memoria, que de eso ya hablaré en otra ocasión. Me refiero a lo de los besos a diestro y siniestro, a todos, a tíos y a tías, de la familia y no tanto, por cortesía o por inercia, al vernos y al despedirnos. No se cómo empezó ni los motivos, creo que serían más bien por afinidad social, ideológica, confianza, calorcillo, no darle una relevancia sexual al hecho en sí de besar unos labios. No siempre fue así pero, ¿cuándo hostias fue? El recuerdo me pone entonces en el barrio de Hortaleza, en los primeros años del Stop, quiero decir los primeros para mí, por ejemplo el año 90. Me dice que la primera vez que me pasó esto del piquito fue con la Evarrilla, una chavala que paraba allí con su pandilla, con la que luego me mezclaría. La Evarrilla era muy hippy, muy cariñosa, muy menuda, muy intensa. Agradable y guapa, viciosa y divertida. Ojos brillantes, sonrisa perpetua, pelo rizado y una vida que vivía dando vidilla a todo el mundo que estuviese cerca de ella. Seguro que fue la que un día, al encontrarnos o despedirnos, me plantó un pico de colega, quizá fuese al conocerla... muy bien, dice la conciencia malhumorada, pero... Ahora insiste en saber como llegó el primer beso de colega, masculino, varón, tío. ¡Que coño importa! La respondo con el tono de voz subido, son piquitos de amistad, fraternales y anti-lúbricos. Me dice la conciencia con cierto tono toca-cojones ¿por qué ese corte entonces al besar al tipo aquel en el bar? ¿Para qué has hecho trabajar en balde al recuerdo? ¿Por lo de la Evarrilla esa?
Que razón tiene la cabrona y cuanto da por culo, pienso sin decirla nada.
Kike Turrón.
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