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20 de Noviembre de 2008 | |
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Relatos :: Kike TurrónBarra libre americana
- Bueno chaval, tienes que terminar ya.
- Si, ¡vale! - Es que tengo que recoger, esto ha terminado y ahora empieza... De sobras lo sabía. Había despedido a quienes organizaban el ágape quince minutos atrás, mientras por su culpa, descuidaba una bandeja de nachos con queso. Convocar actos para los chicos de la prensa sobre el medio día en un bar o similar es una idea elogiable, un acierto seguro, como siempre que juntas las palabras bar y gratis. Viviendo en una ciudad como Madrid, y esto esta oído en boca del Gran Wyoming, es posible mal vivir con estos actos, sin hacer otro oficio diferente. Te aseguras, en el caso del convocante, la asistencia de casi todos los medios de comunicación. Con cierta mala leche asumimos el papel de porteras los que acudimos a estas citas... Por un lado, con el tiempo, vamos comprobando el nivel adquisitivo de quienes convocan. Por el otro, con muchas de estas citas en tu estomago, puedes llegar a conocer el menú que te espera en tal o cual acto. Afinando mucho, te puedes evitar la parte rollo y aparecer justo en el momento en que las viandas hacen acto de presencia. Te hablo de precios, calidades, trato, abundancia, generosidad... A lo mejor no sabes de lo que hablo. Yo, Kike Turrón, ejerzo de periodista musical. ¿Vale? Resulta que cada vez que una actividad se presenta al público, se llama a los medios de comunicación: conciertos, discos, libros, festivales, homenajes... Lo mismo harán con coches, vacunas o bancos, estoy seguro, pero lo mío es esto. Estas reuniones se hacen en cines, discotecas, restaurantes, bares, hoteles, estudios u oficinas. Todo lugar es bueno, aunque no sea siempre el apropiado. Te dan un papel con la información sobre el disco, se conoce ese folio como la hoja de promoción. También te el disco de marras y, a lo que vamos, un piscolabis. Cierto es que cada vez se hace menos y que con unas cervezas y dos tortillas se cubre el papel del agasajo, las compañías casi prefieren invitar a comer bien a un medio gordo que convidar a tropecientos chequetitos. Hoy día tratan, incluso, de no darte el disco en mano y te dicen que ya te lo mandan por mensajero a casa. En ese caso no puedes preguntar por el objeto de la cita y, profesionalmente, es una puta mierda. Yo viví mi pasado cuando las cosas eran de otra manera y me habitúo al presente como lo hace un reloj. El cotizado y novísimo hard rock café se convirtió al poco de abrir en uno de los habituales para tal tipo de presentaciones sociales. Era (y es) un sitio al que jamás entraría por propia iniciativa, ni tan siquiera conozco lo que puede costar una de sus promocionadas burguers de vaca loca, me la suda, se la suda, suele estar petado. Sus menús para prensa oscilaban entre bandejas y bandejas de: nachos con salsas, alitas, barritas de queso rebozadas (mis favoritas), carne en salsa, patatas con más salsas y todo regado con barra libre. Algunas veces, los cubatas los administraba el convocante, por lo que había que cortarse un pelín. Pero la cerveza no suele estar controlada y entonces se convierte en desafío, ese desafío sobre conocer límites en que estás pensando. Cuando llegas a la cita nunca sabes, a ciencia cierta, qué saldrá por la puerta de la cocina en brazos de los camareros, pero sabes que algo habrá y por eso estás allí, aguantando la charla de alguien que se está cociendo bajo unos exagerados focos, convenciéndonos de que lo suyo es lo bueno y que ha costado mucho hacerlo y que están contentos, por que en el fondo, pues lo han conseguido llevar a cabo. Yo miro a mi derecha y hasta creo oler ya las croquetas, la rígida mano del olor tuerce mi barbilla a esa maldita puerta de la derecha. En unos momentos, como si de chiqueros se tratase, saldrán de ahí seis morlacos, coronados con sus brillantes bandejas repletas de alimento, de alimento del Hard rock café, que cuesta una pasta y que yo no entraría aquí por mi propio pié ni de coña, ni-de-co-ña. Las puertas, forzadas por un muelle se cerrarán en cuando haya salido el primero y así harán flexiones, la puerta, hasta todos estemos hinchados de viandas fritas, rebozadas o con salsas, de todos los colores, de muchos sabores raros. Termina la perorata. Han intervenido tres, que están sentados en una larga mesa. Los que no hablan juegan con unos folios y dejan que algunos falsees les revienten la retina. Por mi parte se que termina porque el oído se ha quedado con la frase fundamental en estos eventos: ¿alguna pregunta? Y la sala se llena de momias que están mudas, de estatuas de sal, petrificadas, ausentes... en realidad hambrientas y sedientas alimañas bien vivas y espabiladas. Gracias por venir, dice, aunque a duras penas puedo llevar la contraría al musculoso brazo del olor, al de la gula . Ahora podéis tomar una copita y una vez más gracias... Gracias a ti. Y allá van las puertas, abriéndose lúbricamente sus bisagras y cerrándose sin esfuerzo para volver a expandirse de nuevo y mostrar bandejas cargadas de grasa y salsa. Pero antes, corriendo a la barra a por un cubata. - ¿De guisky, señor? La una y media de la tarde y con asuntos serios entre manos. Me planto en una esquinita, con algún grupillo amigo, no se si con el Babas solo. Todos somos profesionales y no queremos quedar como perfectos gorrones a ojos del que convoca, nada más lejos de nuestras intenciones, aunque nuestras acciones insistan en demostrar lo contrario. Al pasar una bandeja la dejamos limpia, por allí vienen las croquetas que detecté justo en el momento que el conferenciante anunciaba la cabeza del cartel del Festival que se celebrará en no-se-donde. Me acuerdo que una vez presentaron un disco los Platero y Tu. Fue en este mismo lugar y el maitre cometió el error de hacer salir a su gente mientras los de Bilbao acometían un pequeño set en directo. Las puertas hicieron sus flexiones mientras los Platero trabajaban con sus instrumentos. Fito contemplaba, intentándose concentrar en la canción, como la mayoría de la peña seguía el ritmo con un pié, mientras que una mano se zampaban la extremidad tostada de un pollito. La peña trataba de aplaudir al terminar cada tema, pero un vaso o una empanadilla de carne lo impedía y trataban, entonces, de golpearse con la punta de los dedos la muñeca, haciendo un gesto más que una acción. Pero menos recordar aquel espectáculo tan poco rockero y más acercarme a la barra, que el tiempo no pasa en balde y mi trago anterior esta a punto de dar penita. Nuevas camareras cruzan la puerta y salen hacia nosotros con más maná de freidora, me quedo a catar unos turulillos de jamón york enrollados con gracia sobre suave queso de oveja y, en el tramo final, salgo con un par de barritas de queso frito directo al camarero. Dos cubatas. -¿De guisky, señor? Ahí van más nachos, una tabla de patés, un poco de salmón, sucedáneo de caviar. Lo veo mientras mojo mi alita en salsa picante que hay en la barra. Dos cubatas, le pido al barman, pero ya los tengo delante, con su posavasos, su hielo, y hasta una paja. A la peña no le gustan mucho las alitas porque te manchas las manos de grasa, en las uñas también se deposita un remanente... prefieren los inofensivos y crujientes nachos, son unos vergonzosetes y púdicos, para eso se inventaron las servilletas, amigos. Seguro que alguna vez hemos estrechado manos que han tocado recientemente cosas peores. Un aromilla picante en mis dedos no puede ser malo, mezcla de culturas, la suya y la mía. Me pillo otro par de la bandeja que me sobrevuela el lateral, ¡alitas fritas sobrevolando la sala!. Con fino equilibrio llevo el manjar y la priba a mi rincón. Y así, va y viene, el salón se va despejando, se ve que la gente no come del aire, porque aún queda cacho en las bandejas que ocupan las mesitas del salón, engalanado con la parafernalia rockera que el Hard Rock lleva a gala. Las puertas de la cocina escupen unas últimas alegrías, muchos se las han perdido. Al llegar con una ronda más veo que el circo es un poco cantoso, hay una buena pila de cubatas y bastantes servilletas arrugadas y enrojecidas por la salsa picantona y cayendo de un cenicero un montón de huesecillos de pollo despojados de su carne. Todo a nuestro alrededor. Hay que espabilar y nos apartamos a otra mesa para que el camarero limpie un poco el desaguisado. La escena se completa con la liada de un porro, porque todo esto hay que bajarlo y esta es buena manera. El canuto es bien recibido y, encantado, estrecha todas las manos cercanas. No solo el camarero flipará con mi buen apetito, con mi natural destreza para atizarme pelotazos. Es probable que también flipe el organizador cuando le pasen la factura que marca la caja registradora, que la veo desde aquí, mientras le ruego una última copa al camarero, que son casi las tres de la tarde y veo que ya no como. Alguien se despide. - Nosotros nos vamos. - Vale, nos vemos, ¡oh, perdona! (mi mano pringosa estaba aún fresca) - Lo dicho Vuelvo a mi rincón como un eterno púgil, apuro unas salsas con trozos de nacho. - Bueno chavales, tenéis que ir terminando. - Si, si, si. - Es que esto ha terminado. Antes de permitirme la retirada y que el contenido de esta fuente termine engordando la bolsa de los desperdicios, envuelvo en un par de servilletas seis alitas de pollo, las meto en el bolsillo de mi chupa. Con el medio pedo que llevo cruzo la Castellana y me subo hasta la oficina de Subterfuge para fumarme un porrito. Carlos está allí, hay alguien más trabajando en la casa reconvertida en oficina-almacén. Le cuento a Carlos lo que he hecho esta mañana mientras me zampo las alitas. Se sorprende y me pregunta que si estaría dispuesto a contar ese tipo de cosas en un libro. Así salió “Nadie come del aire”, Carlos quería que contase eso, que contase esto. Kike Turrón. Escrito en abril del 97 y publicado en el cd-libro “Nadie come del aire” (Subterfuge- 98). |
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