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Cada día me duele más partirme el pecho
17 de Marzo de 2010
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Relatos :: Kike Babas

¿Tú qué eres?

A Eric, que se bañó en el charco sin llegar al río.

Hubiese cantado el "Cara al sol". Lo juro. Lo hubiese hecho. Cara al sol con la camisa nueva que tú bordaste al rojo ayer. Hasta donde me sé repitiendo una y otra vez, entonando, sin desafinar. Pero no me preguntaron.

Aun quedando como un cobarde. Hubiese sido un victorioso y orgulloso cobarde. Sí, lo hice, diría. Por supuesto, claro que sí. Cara al sol titití tatatá. Hubiese cantado "Las mañanitas del rey David", si me lo hubiesen pedido, la "Marsellesa", en francés incluso, la muñequita y su canesú, un globo, dos, tres, un millón, y los tristes tigres del trigal y el coche de papá y como están ustedes, über alles, por supuesto. Pero no me lo pidieron, no me lo pidieron.

Sólo me dijeron ¿tú que eres? y... ¿Cómo iba a contestar? no pude levantar el brazo, alto y claro, saludando nazi o romano ¿qué coño importa? no pude entonar el canto falangista, "Faccetta Nera", no pude ponerme una camisa negra, ni coserme un yugo y unas flechas, que lo hubiese hecho, lo juro, sin pega ninguna. Ya ves tú, simbolitos y cantinelas se me ajustan al escroto como un calzoncillo sexy. Lo hubiese hecho. Pero no me dejaron contestar.

¿Y tú que eres? escuché no más y luego sentí el primer golpe bajo las costillas, duro y seco, no le dio tiempo a doler, sentí dos más, en la cabeza. De los dos golpes uno llevaba hierro, seguro, un puño americano o vete a saber. Otro doloroso golpe con lo que me pareció un bate me dio en las espinillas, en las dos a la vez. Comencé a caer, arrinconado entre los dos coches aparcados que hacían de callejón sin salida. El dolor en las espinillas era tan intenso e inmediato que apenas me di cuenta que el primer golpe, el de las costillas, me había cortado la respiración. Y así, con la pequeña y amoratada sensación de no respirar, estalló un dolor blanco, blanco y acerado, intenso, en la cabeza. Para entonces ya estaba en el suelo.

Había salido del cine acompañado, después, en breve e infructífero cortejo acompañé a mi compañía a la parada de taxis y me quedé solo. Apenas tenía una breve caminata hasta la boca de metro más cercana. Me encontraron a medio camino. Me encontraron sólo y despistado, pensando en imágenes concretas de la película recién vista. No había sido mala. Sin llegar a emocionarme me entretuvo, y eso ya es arto difícil para alguien que, como yo, no siente ninguna pasión por el cine. Intentaba retener las imágenes que más me habían impactado y de esa manera llegar a los resortes cerebrales que el director había usado para conseguir que aquello produjese en mi una sensación placentera. ¿Era arte del director o era sencillamente que la acción en si misma era tan arrebatadora que el otro sólo sería el encargado de poner en marcha un equipo que lo rodase?, en tal caso el merito sería del guionista o del escritor de la historia ¿director o guionista? Estas y otras cábalas semejantes ocupaban mi cabeza cuando aparecieron. La noche los escupió a mi vera ¿tú qué eres?

A menos de quinientos metros estaba la boca del metro, apenas doblar la esquina, abandonar la callejuela y desembocar en la calle ancha, con sus luces, sus coches, sus transeúntes, sus boca de metro en dirección a casa. No me dio tiempo. La noche los trajo, y con ellos sus bates, sus palos, sus bombers, sus puños de hierro, su ideología parvularia, sus botas de punta de acero, su odio ciego.

En el suelo, sin respiración, dolorido en piernas cabeza costillas y orgullo, definitivamente hundido, tuve aun el reflejo y el sentido común de taparme la cabeza con los brazos. Estaba tumbado de bruces, un coche a cada lado, una docena de pies por delante y por detrás, dale al guarro, dale al guarro, que aun no le hemos hecho nada, decía otra quinceañera voz distinta a la de la nefasta pregunta.

Tapado y aterido de un extraño miedo que me decía que esto no me estaba pasando a mi, me limité a hacer lo único que podía: esperar que todo pasase, que alguien pasase. Todo fue tan rápido y sin embargo duró infinito.

Dicen que en momentos así el pensamiento, tal vez por traición a la realidad o por mero escapismo, huye a parajes cotidianos y pueriles. Así que mientras que uno está recibiendo una paliza, puede darle por pensar que se ha dejado la luz de casa dada, por ejemplo, o que no le dio de comer al canario. En base a lo acontecido he de desmentir esa idea: yo no pensé en nada. En nada.

Recibí patadas en rodillas, muslos, pies, brazos y manos, de refilón también en la espalada, en las costillas, en los cojones. Seguía cubriéndome la cabeza como malamente podía pero entonces, una de aquellas botas, con una fuerza inusual, consiguió meterse entre mis brazos y estamparse de lleno, con su acero revestido en piel, en mi boca. No le dio tiempo a doler, me desmayé.

Recuperé el conocimiento en una ambulancia. El inconfundible olor a plástico y a fármaco, el maullido quejumbroso e irritante de la sirena. Supe inmediatamente donde estaba, qué me había pasado: un grupo de neo nazis me había dado una paliza. Sentado, a mi lado, lo qué debía ser un enfermero me miraba con ojos preocupados. Al verme consciente me dijo, tranquilo, de esta sales. Asentí con los párpados, a la vez que fue apareciendo en todo mi cuerpo una mole de dolor multiforme, completo e intenso. Sentir a dios debía ser algo así, pensé, tan todopoderoso, tan metido en cada poro, en cada resorte humano, inesquivable. Y eso que debía de estar bastante sedado. Apenas una ojeada desde mi posición para darme cuenta que mis ropas estaban empapadas en sangre. Mi sangre.

Recordé una historia que me había contado un amigo cuando un grupo de neo nazis lo rodeó y, a golpe de humillantes y apremiantes bofetones, le hizo gritar hails al Fürher, vivas a Franco y hurras a José Antonio, tachándole a continuación de cobarde vendido y dejándole ir con dos andanadas de bofetones más. Apenas orgullo herido.

Aquello me sonó a cuento de hadas en esos momentos, pero, como para quitarle candela al asunto, se lo quise contar a mi enfermero de ojos preocupados. Le quise decir, con sorna e ironía, pero con sinceridad, que yo hubiese cantado el "Cara al sol".

Una sensación mandibular indescriptible me lo impidió, algo no funcionó. No intentes hablar, me dijo el hombre, de un golpe te han saltado todos los dientes.

Hijos de puta, lloré, y maldije no haber llevado encima una escopeta de repetición. Y sin preguntas.



Kike Babas. Acteal-Chiapas. Ag-2001

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