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17 de Marzo de 2010 | |
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Relatos :: Kike Babas
Prólogo
Un hortalizo en la corte vallekana De la guardería del barrio al colegio del barrio, de ahí al instituto del barrio y de ahí, con idéntica intención académica, al bar del barrio. Y de ese bar a otro, también del barrio, a ser posible pared con pared. Entre medias parques y aparcamientos, amigos y amores, jirones y cunetas. Futuro. Hasta grupos de rock. Siempre en el barrio. Aquí en Hortaleza, de todo hace cuando menos 15 años. En ese tiempo nos hemos ido viendo todos, no somos tantos y somos los mismos. La quincena, la veintena, la treintena. De algunos hasta la cuarentena y más. Salvo algunos conciertos y algún día de pantano, la vida social, incluso emocional, del barrio, transcurre habitualmente en su centro neurálgico natural, el bar. Pero de vez en cuando la manada sale de batida, -en grupo, en pareja o en solitario-, a echar unos bailes y menear el gaznate. Y en Hortaleza, si vamos a Vallekas, vamos al Jimmy Jazz. Cuestión de ecosistema. Simplemente la extensión de un sentir, una embajada de tu propia forma de entender "el tomarla" más allá de la frontera natural de lo que te queda debajo de casa. Somos igualmente parte de ese país que no existe, que bota mucho y vota poco, que lucha por conservar un cierto espíritu antifascista ante el apabulle mediático envuelto en papel celofán. El que gusta del "repiqueteo". Además, aquí somos todos un poco prófugos del andamio, que diría Kutxi Romero. Supongo que ya sólo por eso nos entenderíamos, aunque yo, por mi parte y con los años, soy consciente de ir perteneciendo a otra manada, una más; esta vez de carácter interbarrionalista, que se esparce vivamente por los afluyentes de la Avenida de la Albufera. Por eso la visita es ya obligada, pura naturaleza, cuestión de reconocernos y olisquearnos un poco, exigencias de rebaño. Por eso parece lógico que, en mi caso, la vida escoja uno de estos determinados bares para ofrecerme alguna de sus lecciones. En el Jimmy Jazz aprendí una. Hay algunos que vivimos en un obstinado sanfermín químico, un particular carnaval de sensaciones que, como a la vida, hay que entrarle con cierto respeto. Ojalá cada cual conociésemos a tiempo nuestro límite antes de comenzar a rodar en una espiral sin retorno ¿Dónde está la línea? ¿Cuándo dejas de ser el simpático borracho para ser el ofuscado alcohólico?¿En qué hora deja la vida de ser rallante, para serlo yo? ¿En que preciso instante deja uno de tararear mentalmente una canción porque te la cantan extrañas voces dentro de tu cabeza? Muertos, presos o locos, cualquiera. El resto seguimos hacia delante sabiéndonos héroes de una gesta que, cierto es, no nos ha pedido nadie. Yo, silbidos cercanos, de balas que iban directamente hacia mi, he sentido dos. Consciente de esquivar y a voluntad propia. De los otros, que los habrá, visto lo visto, pura potra. Por ahí nos puede tocar a cualquiera. Pero a sabiendas que la cosa se me iba de las manos, dos veces. La primera no viene a cuento, la segunda fue en el Jimmy Jazz no hace tanto tiempo. Me explico: dos días de Jimmy, en el nuevo. No sé si fueron dos días seguidos o dos fines de semana consecutivos. No sé si en el mismo mes. No recuerdo si es que habíamos tocado o habíamos ido a ver a alguien. O simplemente pasábamos por allí. No lo sé porque no me acuerdo y no me acuerdo porque con aquellos dos garrafales y consecutivos mocos, se bambolea la memoria como una barcaza vieja y desgastada. Ni idea. Sé que por aquellas había dejado de beber tanta cerveza porque me provocaba gases e inflación, desazón en el gusto y la garganta. Lo mismo que la coca-cola. Así que me había pasado al güisqui solo, por pura salud estética y mental. En esto segundo me equivoqué. Bastante güisqui solo. Del primer día recuerdo la pesadez del alcoholazo y que tiré unas pocas banquetas cuando el Jimmy ya estaba recogido y las banquetas encima de la barra. Mosqueado y neblinoso, sin razón aparente. No recuerdo que camareros estaban, pero recuerdo la esencia de lo que decían sus caras: Babas, majo, ¿estás tonto o qué? Ni me regañaron, ni me echaron. No sé como salí del Jimmy. Me dio un punto tonto y violento; esparramé las banquetas. No fui el habitual patoso alegre al que se le caen las sillas, fui el borracho de punto violento que... La siguiente vez que fui al Jimmy repetí numerito en el mismo escenario, pero esa vez me amarré a Marioto que, por apenas acariciarme con una de sus bromas-cuchillo, recibió un injustificado sentir de jabalí herido, un abrazo a mala hostia, malencarado y abusivo, que acabó jodiéndole una costilla. Un juego de borrachos, sí, pero a mi se me fue la mano y la olla. A veces Marioto se pasa la mano por esa costilla y a mí aun me duele. ¡Ah no! Por ahí no iba a pasar conmigo mismo. Por el alcoholazo violento no. Y mira que rasuro con maga ancha... Decidí dejar de beber. Esa fue la guapa lección que aprendí en el Jimmy Jazz. Y reconozco la lógica, quien sabe si biológica, de que ocurriese precisamente allí, escenario natural de mi forma de entender la vida. Claro que muchas más muecas me ha ido dejando el Jimmy. En cada concierto que he dado, una o más. En el de arriba ya estuvimos Trespi y yo, en esa época en que le queríamos poner a cada bolo el calor de una zapatilla de andar por casa, el brillo hogareño de una chimenea en el salón. También estuvo King Putreak, aunque no sería hasta el bolo que dimos ya en el de abajo, cuando nos echaron la peta porque nunca habían visto a un grupo tan reducido, -Panta, Turrón y yo- beber tanto. La eterna pelea con los tiquetes los días de bolo. En otra ocasión, con The Vientre, salimos en pijama, cotidiana y terciopélica deferencia que sólo hemos tenido cuando verdaderamente nos hemos sentido en casa. Una vez le toqué la tocha al Bruno con un desaforado golpe de micrófono, no recuerdo con qué grupo tocábamos: rodaba densa y única la sangre por su nariz mientras seguía tocando la guitarra y sus ojos eran puro fuego vengativo. Reventones golosos ha habido varios: en el de Huevos Canos el Currito dejó la barra y se subió a cantar a pachas, un lujo. En un aniversario toqué con Bruno compartiendo cartel con el Pequeño Saurón y con el Lichis, todos hicimos el gamba en el escenario con la misma intensidad y magnitud con la que visitamos el baño, intercambiando con desvergüenza bolsa y cotén, que la de todos iba buena. El 13 de Noviembre del 2002, probando sonido en un concierto de King Putreak, nos enteramos de la muerte de Juanito "Huevos Canos" en dantescas circunstancias, crueles coherencias con que la vida viste a determinadas personas. Ese día salvamos la entereza por lo puro irreal de la helada noticia. Ese frío que se te mete y no reaccionas. La caída vino en casa, cuando sonó en la cadena de música la gran expectación que había en el alcantarillado. Yo creo que incluso me he casado en el Jimmy. Bailar claqué de rodillas he bailado, eso seguro. Salvando estas excepciones, suelo ir al Jimmy a tomarla sin más, que ya es mucho, y mis momentos favoritos suelen ser, en una coincidencia que tiene algo de genética familiar con todos los camareros, las tantas y tantas veces a puerta cerrada, disfrutando del histrionismo del Currito y la conversación "maruja-inteligente-y-con-corazón" de Blanca, el "equipo" con el que más me he quedado en esas lizas. Incluso con alguno de los currantes del Jimmy he trabajado en otros proyectos y otros sueños, lo que ha degenerado en un sincero y caluroso aprecio, en muchos brindis. Alguno me escupió maneras que ni tuve en cuenta, que cada cual es como es y, como ya lanzamos la primera piedra hace tanto tiempo todos, no hay engaño posible. Por eso brindo por este bar y por sus gentes, que de lo que hablo entienden. Kike Babas. Cantante de The Vientre y King Putreak. PD: He aprendido el truco y la lección: ahora bebo cerveza y chupitos de güisqui. La birra me sosiega la cabeza en tanto que los chupitos me mantienen la línea y me evitan gases. Si aun así se me va la mano, unos tiros de speed para templar. Y, porque no, a veces, entre güisqui y güisqui, agua. Más sano no lo hay. |
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