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12 de Marzo de 2010 | |
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Relatos :: Kike Babas
De la biografía de A Palo Seko "La paja en el ojo ajeno. Antilogía de milenio" - Parte 3
PP-Pinocho Memoria. Esa es la clave de todo. Es probable que sea por eso por lo que estoy escribiendo esto. Por la memoria. Por mi memoria. Memoria para recordar una a una todas las calles de este basto Madrid: sus entradas, sus salidas, sus calles de una sola dirección, sus calles cortadas, avenidas, M-30's, 40's Y 50's.... Retentiva, no tiene otro secreto. Retentiva para caras, nombres, conversaciones. Un pedazo de memorión, si señor. Como el lector habrá podido imaginar soy taxista. Un "pesetas" que dicen los jóvenes no sin cierta sorna y un pelín de mala leche. Muchos años en el oficio. Muchos más de los que tenéis muchos de los que leéis esto, seguro. No importa. Lo importante aquí es mi capacidad general para recordar cosas. Y "la cosa", en este caso, se llama A Palo Seko, y de como mis casuales encontronazos con ellos, o con gente relacionada con ellos, me traen a estas paginas. Por que no hablaría yo de destino, sino de casualidad, de mucha casualidad, de muchas casualidades. Hace un par de meses traía en mi cuidadísimo Ford Omega a un par de tipos que, pese a su aspecto descuidado, no tenían mala pinta del todo. Una era más flaco, casi calvo, llevaba lo que parecía un moratón en la ceja del ojo izquierdo. "A este le han calentado la cara" pensé yo. El otro era más corpulento, más melenudo, más basto en definitiva y parecía que también se había peleado... pero con el peine ¡vaya pelos Jesús! Los dos iban "cargados", eso se nota enseguida, no sé de qué, por que no entiendo de drogas, pero algo se habían metido, eso es seguro. Hablaban alto, trabado, chillón. El caso es que mientras los llevaba al barrio de Hortaleza, casi de amanecida, no pude por menos que oír su conversación (imposible no hacerlo): hablaban de escribir un libro, o más bien de coordinar la escritura de un libro. Se trataba de contar la biografía de un grupo a través de relatos cortos escritos por personas que hubiesen conocido o tratado con la banda. De primeras pensé que eran lamentos de borrachos, fantasías sin más, desde el asiento del conductor de un taxi se oye cambiar el mundo a altas horas de la madrugada más a menudo de lo que lo hacen los políticos en el hemiciclo. Entonces escuché el nombre del grupo, A Palo Seko, y no pude por menos que sonreír, echar un vistazo a través del retrovisor, e intervenir en la conversación. Siempre he sido de esos taxistas que opina que es mejor relacionarse con el cliente, que este se lleve una grata impresión de lo que ha sido el trayecto. Así pues soy capaz de hablar de fútbol, toros, política y revistas del corazón, ah! y del tiempo, por supuesto. Esta vez hablé de rock duro y, a juzgar por el éxito, debería hacerlo más a menudo. Resultó que a estos dos chicos, los "drogotas", les hizo tanta ilusión lo que yo sabía de A Palo Seko que me dijeron que lo escribiese. "Pero si es una tontería " decía yo, "ya, ya lo sabemos" me dijeron ellos, "pero encaja a la perfección con la pieza del puzzle que nos falta de esta extraña biografía". Kike, se llamaba cada uno de ellos. Propina no me dejaron, pero si una dirección y un teléfono para contactar con ellos y escribir esto que ahora me ocupa. Lo que acabo de relatar ha sido, por ahora, el último de los contactos indirectos que he hecho con A Palo Seko, el primero se remonta a unos siete años atrás, recién estrenaba yo mi "maquina", mi Omega. Por esa época el gremio de los taxistas estábamos muy mosqueados por la creciente inseguridad a las que nos veíamos sometidos: cinco compañeros habían sido atracados con mucho violencia recientemente y otro había sido asesinado víctima de algún desalmado que quiso llevarse cuatro duros de mierda. Muerto a navajazos... hijos de puta. Andábamos por aquella época de protesta continua, manifestaciones y la mosca tras la oreja. Siempre. Fue cuando los vi por primera vez. Salía yo de una callejuela del barrio de la Concepción dispuesto a incorporarme a la M-30 dirección norte, cuando vi que un grupo de jóvenes me hacían señas para que los llevase. De primeras reduje un poco hasta acercarme, pero a medida que me llegaba hasta ellos me fui arrepintiendo de mi decisión ¡vaya macarras! que mal aspecto, que malas pintas, estaban riéndose a voz en grito, empujándose unos a otros, parecían de la película esa, como es... los Gremlins, sí, pero los Gremlins malos. Daban miedo tú. Cadenas y muñequeras de pinchos. Además eran cinco. Todo fue muy rápido. Cuando ya estaba prácticamente parado a su altura cambié de decisión, metí la segunda y aceleré. Sin más. El coche chirrió pero me respondió (era nuevo). Yo no quería indeseables en mi coche, primero que era nuevo, segundo que vete a saber las intenciones que tenían, tercero que eran cinco y está prohibido llevar tanta gente en el vehículo. No trato de disculparme. No me arrepiento. No los cogí. Aun así me había puesto lo suficientemente cerca de ellos como para que, en mi huida, les diese tiempo a darle un par de patadas a la carrocería y a oír sus insultos: ¡purulato cabronazo! ¡jodete tequis de mierda! ¡métele un gapo, Chungo, métele! ¡pero será hijo de...! y demás lindezas. Miré por el retrovisor una última vez y me fijé que dos de aquellos "pelindres", que por cierto me escupían desde la distancia, llevaban sendas camisetas roñosas donde ponía A Palo Seko, lo recuerdo por que era una expresión que utilizaba mi abuelo que nos iba a zurrar: palo seco os voy a dar. Eso hubiese hecho yo de buena gana, tome la M-30 y me perdí en la noche. Un año y medio después, más o menos, cuando no había vuelto a recordar el incidente, recogí a un tipo de buen aspecto en la plaza de San Bernardo, un ejecutivo de alguna compañía pensé, y no me equivoqué. Como es habitual en estos casos, nada más montar y pedirme que le llevase a la calle Francisco Remiro, se puso a hablar por el teléfono móvil. Básicamente los ejecutivos ven en el taxi una cabina móvil, o algo así. Como es natural su conversación llegaba nítidamente a mis oídos. Hablaba aquel respetable hombre de un grupo de rock, intentaba convencer el hombre al interlocutor del otro lado del aparato de que la banda era una buena apuesta para la compañía (que por lo que dijo se llamaba DRO), que no tocaban un pijo pero que les sobraba actitud, y ese era el secreto, que se lo había chivado un amigo "pirata" (eso no lo entendí). Algo debía decir el interlocutor al otro lado de la línea que ofuscaba a nuestro hombre, porque tomó una actitud más persuasiva, dijo que el sabía lo que se hacía, que de otra cosa no entendería pero que de éxitos y música un huevo, dijo que precisamente acababa de llegar de Italia de quitarle las "eses" a un disco de Laura Paussini (eso tampoco lo entendí ¿que es eso de quitarle las "eses" a un disco? me sonó a cochinada segura, y la verdad es que la Paussini tiene un quite) para encerrarse en los estudios Box con Eugenio y aquellos cafres y no precisamente para perder el tiempo, sino por que allí había potencial. Como lo que pareció un as final en la manga soltó que los chicos además estaban grabando una versión de la Hoguera de Extremoduro, en plan muy macarra y que ya se sabía el tirón que tenían las canciones del Robe... Nada, ni por esas lo consiguió, eso lo vi en su cara en un rápido vistazo al retrovisor, se despidió diciendo "ahora nos vemos" y al cerrar su pequeño teléfono murmuró algo así como "de momento A Palo Seko tendrán que seguir en su pequeña compañía". Otra vez volví a oír ese nombre. Otra vez aquellos vándalos. Todo encajaba. La propina fue maja. "Hágame una nota por favor..." Agustín Gonzalez. Continua en el siguiente relato. En opinión de los coordinadores del libro este relato debe continuar en la siguiente parte, "¿Donde está Wally?", para que toda la historia de A Palo Seko mantenga una cierta cronología. Sígase pues leyendo el libro en el orden establecido. ESTE RELATO PERTENECE A LA BIOGRAFÍA DE A PALO SEKO PUBLICADA EN EL DISCO- LIBRO "LA PAJA EN EL OJO AJENO, ANTILOGIA DE UN MILENIO" PUBLICADA POR DRO EN EL 2001. |
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