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Cada día me duele más partirme el pecho
19 de Marzo de 2010
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Relatos :: Kike Babas

Pajas

Molaba ir con los mayores. Con catorce años un tío de dieciocho es un pozo de sabiduría y experiencia. Cuando apenas empiezas con los primeros porros, ellos ya pillan -o pasan - gramos. Cuando uno se agarra los primeros pedos inconscientes de cerveza o anís, ellos ya se doblan los pelotazos como gaseosas. Mientras tú andas aún sonándote los mocos en las faldas de mamá, ellos ya contestan a los viejos, pueden ir a los sex-shops sin pegas o incluso llegar tambaleándose a casa a las tantas de la mañana. Hablan con propiedad y naturalidad de tripis, carnets de conducir o pagas adelantadas. Son "los mayores".

Así que siempre andábamos alrededor dos o tres canijos. Pululando por aquí y por allá. Supurando de sus vivencias. Pasábamos con ellos toda la tarde, sentados en un banco, con pipas, porros y litros de birra. ¡Qué excitante experiencia!. Aveces te llevabas alguna colleja, la mayoría de las veces eras el recadero para las pipas, el tabaco, etc. Algunos días los mayores podían resultar terriblemente crueles, conseguían cortarte por completo, humillarte y terminabas por irte medio lloroso, quejumbrosillo. Pero normalmente molaba, te hacía sentir importante, siempre fardaba contar "ayer estuve fumando porros con el Rata y el Eugenio", por ejemplo. Te sentías seguro con ellos, estabas protegido. Tal vez por eso se hacían más tonterías y golfadillas de las normales, sacabas a relucir tu peor educación y el menor sentido del ridículo, porque ellos te reían la gracia y te animaban.

Recuerdo en particular uno de aquellos días, sentados en los dos desgastados bancos de madera que habíamos juntado para estar más calientes en los helados atardeceres del Foro. Apretujados, con los porros, las pipas y la cerveza. Aquel día, como tantas otras veces, hablábamos de sexo. Era uno de mis temas favoritos.

Yo no hacía mucho que acababa de tener mi primer orgasmo, mi primera paja con lefa. Había sido para mí un extraordinario descubrimiento aquel gusto tan tremendo que nacía directamente de los huevos y, a la vez que ascendía por el tronco de la polla, te invadía el cuerpo entero, poniéndote al borde del delirio por unos instantes. Fue lo más grande que mi cuerpo había sentido jamás, la revelación a muchas incógnitas, mi hombría.

Cuando los mayores hablaban de sexo era una auténtica locura. La mayoría de las veces me empalmaba. Sus hazañas eran alucinantes, como las de las revistas porno del viejo, pero éstas eran reales, eran tíos conocidos y tías conocidas. Muchas veces terminaba yo mismo protagonizando la historia con esta o aquella piba en el baño de mi casa...

Aquella tarde fue la hostia. Hacía poco habían llegado dos chavalas nuevas a la peña. En pocas meses se habían pasado por la piedra a cuatro o cinco de los tíos. Eso era una especie de revolución Sodoma-Gomorra. Todos tenían algo que contar, todos habían hecho más posturas que los demás, cada cual en lugares más difíciles (cines, bancos, cabinas de teléfono, etc) ¡contaban aquellas historias con tanto realismo! gesticulaban, gemían ¡que magnífico espectáculo! Ellos solían ser más locuaces, más estridentes, ellas más calladas, pero una sola historia contada por ellas valía mucho, mucho más.

Yo apenas hablaba. Sólo asentía. O como mucho decía uff. O ya ves. O joder eso tiene que molar que no veas. Me salían unas risillas idiotas, nerviosas, aunque no sabía exactamente por qué. No podía hablar, no tenía historias. Bueno, estaba lo de aquella paja. Había sido un poco atolondrada y ridícula, pero había sido la primera y la única que me habían cascado y yo me sentía orgulloso de ella. Claro que semejante insignificancia no era nada con respecto a sus cuentos de mil y una noches.

Así iba transcurriendo aquella tarde de marras. Escuchaba y apuntaba. Era algo alentador. Luego la conversación cambió un poco de matiz, se empezó a hablar de masturbación. La luz se hizo para mi: ¡ahí sí que podía intervenir yo! Por mucho que ellos hubiesen follado, bebido, vivido, una paja era una paja. Seguro que también se sentaban en la taza del water, seguro que entrecerraban los ojos y respiraban fuerte, seguro que luego se limpiaban con papel higiénico y después tiraban de la cadena. Esta vez no sería un simple oyente, ahora podría participar.

De pronto el Capi dijo, como al azar, "estoy preocupado, últimamente ya no llego a llenar la maceta..." y miró directamente hacia mí. No sabía que decir ¿la maceta? ¿se refería a llenar con lefa una maceta? ¿¡con lefa!?. Me quedé absolutamente atónito, yo, que no dejaba más que cuatro gotines y él me hablaba de una maceta. ¿Acaso lo mío no era más que el principio de lo que en cuatro años sería un chorretón de lefa?. ¿Es que era yo medio impotente?

Y tímidamente dije, casi de broma "túúúúú... ¿llenas una maceta?", entonces me penetró con aquellos inmensos ojos verdimarrones y escupió un "ah! ¿tú no?". Un intenso escalofrío me recorrió la columna. Esa mirada tan real y convincente, tan turbadora y despreciativa. ¿Yo? ¡pues claro que no!. Lo mío era una menudencia de lefa. Un lefín. "La verdad es que nunca lo he medido, pero no creo..." sentía el calor en mis mejillas mientras lo reconocía. Vergonzosa confusión. El Jado se levantó del banco, se dirigió a una papelera, rebuscó y volvió con una hoja de periódico "mira Babillas, el Capi es un pelín exagerado, es chachi que él tiene mucha leche, pero eso tampoco es lo normal: lo normal es esto" e hizo un cucurucho con la hoja de periódico doblada por la mitad "bueno, tal vez rebose un poquito pero más o menos...". Si el Jado hizo eso para tranquilizarme no lo consiguió en absoluto. ¡Mi cantidad de lefa se debía medir por dedales!

Al rato la conversación versaba de nuevo sobre sexo compartido. Otra vez anécdotas y ficciones, pero a mi ya me habían dejado altamente preocupado. Esa noche tendría que comprobar hasta dónde llegaba mi chorro.

Llegué a casa. Papá veía la tele dormitando, mamá planchaba. La cena se estaba haciendo y los hermanos en sus habitaciones. Fui corriendo a la carpeta secreta, escondida en el fondo del cajón de los zapatos y saqué las siete u ocho revistas porno que tenía, algunas robadas, otras prestadas. Me encerré en el baño, extendí todas las revistas en el suelo, abiertas por las paginas de las piernas más abiertas, cogí el vaso de enjuagarse la boca y lo puse a mi alcance. Me senté en la tacinilla y me preparé para la gran prueba.

PRIMERA PAJA. Salió sola, con facilidad. Tanto montaje sexual y todas aquellas fantasías de parque de barrio. La polla bien dura. Fue agarrarla, darle cuatro o cinco meneos y ...uuuuuuuaaaaaaagh!!. Empecé a notar que el semen ascendía por el tronco de la minga y, sabiendo que en segundos me correría, cogí el vaso con mi mano derecha, (la libre, ya que soy zurdo) y me propuse recoger el fruto de tan desbocado meneo. Era la primera vez que realizaba una tarea paralela. Anteriormente siempre había dejado que el orgasmo me arrastrara sin más. Comencé a escupir lefote al aire, con fuerza. A la vez que intentaba disfrutar de esa ola de calor y placer que me invadía por completo, mi yo más racional y consciente movía el vaso intentando recoger muestras. Una sola carpa de bomberos y toda aquella gente que se lanzaba al vacío desde un ático en llamas. Obviamente no todas, mejor sólo unas pocas, fueron las gotas que acabaron en el fondo del vaso. Era decepcionante, ni aun recogiendo la lefa que quedó esparcida por las revistas o en mis piernas hubiese conseguido cubrir el culo del vaso... No me desanimé, tal vez es que la primera fuese la más suave, quizás sólo era una especie de preámbulo.

SEGUNDA PAJA. La polla seguía grande y roja en mi mano, estaba algo más blanda pero zas, zas, ya la ponía yo rápido a tono. Empecé a fijarme atentamente en las fotos de las revistas con aquellas rubias, morenas, negras, chinas, con sus exóticas curvas y sus enormes tetas y su sexo amplio y carnoso, dale, dale, dale, zas, zas, zas, ... Otra vez aquel gustirrinín que empieza en las pelotas y a medida que asciende va tomándote el cuerpo hasta que la lefa sale expulsada, uuuuuuaaaaaagh!!.. Eso es lo más. Hice otro intento con el vaso, pero fue aun más decepcionante. Apenas cazé una gota gorda y grandota. Se me escaparon las chiquitillas por aquí y por allá. Con eso no iba a hacer nada... Por un momento pensé "¿y si todo ha sido una broma de los mayores?" intentando tranquilizarme. "¿Seré algo impotente?" era la duda negra que me martirizaba. En cualquier caso no iba a dejarlo, tenía mucho entre las manos.

TERCERA PAJA. Seleccioné de entre todas las revistas a mis pies una que tenía varias historias para leer. Escogí de las historias una, mi favorita. Siempre me puso más leer las historias que ver las fotos. ¡Se contaba cada movida! Una vez más volví a releer la aventurilla: la carretera perdida, la única cabaña del lugar, el pastor pollazo-fijo. Era cojonuda. La piba se jodía al pastor-semental en una alfombra de piel al lado de la chimenea mientras su marido observaba escondido en la habitación, cascándosela. La había leido ciento de veces y siempre resultaba. Toda la historia me daba un morbazo del copón. De todas formas costó su trabajo. Comenzaba a notar el brazo tirante, cansado, cada vez el ritmo era más frenético, zas, zas, zas. Y otra vez empezó el gustirrinín. No fue tan intenso e inmediato como los anteriores. Le costaba más subir, pero zas, zas, zas, me vi envuelto en otra corrida, uuuuuaaaaagh!

Ya no necesité coger el vaso, el fluido blanquecino resbalaba por el capullo, pero no saltó, sólo resbaló. Como magma volcánico.

CUARTA PAJA. Sentía el pene flácido y cansado ¡sólo un poco más por favor! Escogí otras historias de las revistas. Leí únicamente los párrafos que me interesaban, los que me ponían. La suerte de conocerlas todas... Había empezado a usar la mano derecha para cascármela, la tensión, el dolor, el cansancio en el antebrazo y la muñeca del brazo izquierdo empezaban a ser insoportables. De todas formas sabía que con la derecha no llegaría al orgasmo, sólo valía para mantener el ritmo, zas, zas, zas. Pero no llegaba a agarrar la cosa como había que hacerlo. No quedaba bien aclopada. Más que nada era una sustituta temporal. Así que pasé otra vez al meneo con la zurda. Ahora tenía que centrar mucho más mi atención, era única y exclusivamente eso. Zas, zas, zas, chochos, gemidos, curvas, chupadas, metidas, zas, zas, zas, sólo eso. Se acercaba, se acercaba, por fin, uuuuaaaagh! Llegó el orgasmo. Suave. La lefa hizo su presencia pero apenas era nada. Un poquillo de espuma de semen, de lefa batida se acumulaba alrededor del capullo.

QUINTA PAJA. Zas, zas, zas, seguido, sin parar, no había descanso, ritmo frenético, veloz, zas, zas, zas, si paraba tan sólo un momento todo acabaría, había que seguir, seguir, seguir. Las historias ya no me valían de nada, el hecho en si. De tener que leerlas desviaba mi atención del asunto, zas, zas, con los ojos cerrados. Mi imaginación corría loca, frenética y veloz, como mi muñeca. Aún conservaba frescos todos los sentimientos de aquella primera paja que me cascó una novieta. Me centré en ese día. Recordé intensamente el momento, su mano cálida jugando con mi pene... Para entonces el brazo izquierdo había dejado de causarme molestias: ya no lo sentía. Las venas se marcaban a todo lo largo de la piel, todo era un mosaico venoso, las del brazo, las de la polla ¡todo venas! La pobre polla: roja, martirizada, zas, zas, zas. Lo noté, creí que lo tenía, me confié, bajé la alerta mental, oooh!, falsa alarma, se emblandecía, no podía permitirlo, no podía desviarme ni un momento de mis fantasías sexuales... otra vez, esta vez si, si, si, uuuaaagh. Olvidé mi objetivo inicial: la maceta. Me encegué en el meneo. A sabiendas de que no iba a conseguir una cantidad de corrida inmensa, me propuse tener una inmensa cantidad de corridas.

SEXTA PAJA. Toc-toc-toc, "Kikín, hijo, ¿te pasa algo? llevas un buen rato ahí, la cena ya está", "ya voooy es que tengo un poco de cagalera". ¡Joder con la vieja! tan oportuna como siempre. Aquello no fue bueno para mi momento de concentración. La interrupción me obligó a abrir los ojos. Me observé: sudaba. Gruesas gotas de sudor resbalaban por mis síenes. Tenía empapado pecho y espalda. El brazo izquierdo y el miembro musculosos, brillantes, venosos, pero también cansados, currándose unas agujetas. Entre los dedos de la mano un capullo rojo, casi morado, un poco de lefa de las otras pajas, espumosa por tanto frote y batida lo coronaba. En el ambiente ese particular olor a semen. Y la agarré de nuevo, "allá voy", zas, zas, zas, casi robótico, tan mecánico. Tenía que recuperar la concentración, forzar mi imaginación sexual. Me lancé por el camino de los tabús. En un momento me tiré a las mujeres más prohibidas para mi: mi prima de Barna, mi tía, mi hermana mayor... era algo morboso ¡ellas! mujeres a las que no podía mirar como mujeres. Allí mismo les inventé chochos, diálogos, gemidos... zas, zas, zas, otra vez ahí llegaba, dale, dale, uuaagh... No abrí los ojos, no me preocupé por saber si había expulsado algo, sólo sentí el orgasmo y seguí, zas, zas.

SEPTIMA PAJA. Zas, zas, estaba exhausto, me temblaban las piernas, me dolían los homoplatos, las cervicales, pero no paraba, zas, zas, zas. Mi yo fantasía-sexual estaba también muy cansado, las mujeres prohibidas no me valían, ni las fotos, ni las historias. Ya me había follado todos los coños del universo y no estaba para nada... uuff... ¡como costaba esa paja!. El empalme no llegaba, el viaje había sido muy largo, las juergas tochísimas. Parecía no haber salida, el juego estaba agotado, yo seguía en plan bruto, zas, zas, zas. Y de pronto "click", se me encendió la bombilla, creo que hasta se me dibujó una malévola sonrisa. Con la mano derecha, mi inútil mano derecha, inicié un extraño juego. Comencé a tocarme, a acariciar mi cuerpo mojado, a gozarme. Mi mano no era mía, una amante viciosa era la que me sobaba. Fue una ayuda para mi agotada mente, lo hacía mucho más real. Empecé a excitarme un poco. Mi mano derecha (su mano) subía y bajaba, me frotaba, me restregaba. Fue deslizándose espalda abajo, llegó a la raja del bulla, jugó un rato con "su" dedo índice por los alrededores del ojete, después hizo "zrup" y se introdujo un poco en el interior. La mano zurda, al borde del desfallecimiento, seguía mecánica, zas, zas, zas. La imaginación centrada en una de aquellas diez mil amantes (me daba igual cuál) que me urgaba el trasero. "Su" mano derecha, el dedo índice de esa juguetona mano, jugaba con el culillo, penetraba un poquito, sin dañar, acariciaba... chan, chan, chan, llegaba el empalme, aquí te pillo aquí te mato. Más deprisa que nunca, puro speed, zas, zas, zas: augh. Lo hice. Sin intensidad, sin duración, sin lefa. Me derrumbé en la taza del water igual que se derrumbaría uno que hubiese corrido una maratón. No podía más.

Toc-toc "Kike ¿te encuentras mal?" la vieja otra vez "nooo, salgo ya". Recogí todo, me lavé y salí. Orgulloso, decepcionado, exhausto, vencedor y vencido.

Esa noche dormí del tirón aunque me picó mucho el zíngano.



Publicado originalmente en el disco libro "B.N.C.A. Buitre no come alpiste" de Kike Babas y Kike Turrón editado por Gor en 2001 (si quieres conseguir el libro investiga en www.discosgor.com)

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