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08 de Febrero de 2012 | |
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Relatos :: Kike Babas
Motor de cuna
Buenas noches, le digo, y me acurruco aun más en cómoda y defensiva posición fetal. Buenas noches, me contesta, pero apenas alcanzo a oírle, pues Morfeo avanza rápido. Pese a que es invierno y estamos a la intemperie, no tengo frío, no lo siento. Pero haberlo haylo. Caigo sin demora en los oscuros brazos del sueño pesado. Un sueño de ronquidos pastosos, un sueño sin sueños, un sueño necesario y analgésico, un sueño que devora otros sueños. Un sueño que asusta, tremendo, sin prórroga. Me duermo en un santiamén, como un angelito, me duermo sin rezar oraciones. Sin bendecir a nadie por esta helada noche sin estrellas con olor a gasolina. Duermo sin santiguarme, sin agradecer la brisa fría en la cara. Tal vez debería haber dado las gracias. Gracias a la suerte. Gracias a los rastrojos de la cuneta, con los cuales me fundo, con los cuales me duermo, con los cuales sueño, si es que sueño. Buenas noches dije, y tal vez debería haber añadido hasta mañana. No me dio tiempo, demasiado cansancio acumulado. Tampoco tiene demasiada importancia, mañana llegará en breve, con el sol helado de las madrugadas de invierno metiéndose cabrón entre la ropa, mordiendo el tuétano de los huesos. Rompiendo el hechizo estalactítico de las legañas pegadas de frío. Una manta, si me apuras, tan sólo echo de menos una manta en esta noche de vivac a la fuerza, de aventura forzada, provocada por las leyes física, de la inercia y la velocidad. No para ahora, que no me entero, pero si para dentro de unas horas, cuando me baje un poco la borrachera y empiece a sentir normalizado el físico aterido al asfalto. Una manta, alguien que me arrope, no más, que el beso de buenas noches ya me lo dio la bendita suerte. A mi y a él, a los dos. Por que suerte, y mucha, es la que hemos tenido para no matarnos en esta curva. Por que la curva era cerrada y la moto iba demasiado deprisa. Por que la borrachera de orujo de hierbas que traíamos era descomunal y los casco nos los dejamos en casa. No importa, nos dijimos. Sólo vamos al pueblo de al lado. El pueblo, los orujos, la moto, la velocidad y la curva. Y sin cascos. Ha tenido que ser una buena hostia. Los tres esparramados por la cuneta de la curva: el piloto por una lado, la moto por otro y yo. La noche, huérfana de luna y de estrellas, no nos deja vernos pero si oírnos. El faro de la moto se ha debido romper con la caída. ¿Te has hecho daño? ¿Te has roto algo? Oí que me preguntaba en preocupado trabalenguas, creo que no, le contesté ¿y tú?, yo tampoco pero tengo mucho sueño. Y entonces nos damos las buenas noches mientras el motor de la motocicleta nos canta un agonizante canción de cuna. |
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