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19 de Marzo de 2010 | |
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Relatos :: Kike Babas
La Hucha
Era cojonudo. Aparecían una vez al año. Como las flores, cuando sale el buen tiempo. Interrumpían nuestras clases con sus bobas sonrisas, sus discursitos idiotas y sus famélicas huchas. Lo importante era que las interrumpían. Soltaban una pomposa charla sobre la realidad de otros niños de nuestra edad, los del tercer mundo. Se les llenaba la boca cuando decían tercer mundo, las hijas de puta. Hablaban de hambre y sus sortijas refulgían; de solidaridad y tintineaban sus pulseras de colorado barato; de enfermedades con nombres extraños y antiquísimos, como los de las películas de la edad medieval. Hablaban como cotorras y daban muchos datos de mortalidad, también índices, estadísticas, tantos por ciento y polladas así. Nosotros, mientras tanto, pensábamos en una tarde libre de clases, en el aire y las lagartijas, en el cigarrito a escondidas, en pasear por el barrio sin más. Que ya era mucho. Nos hacíamos los interesados, asentíamos a sus peroratas e incluso hacíamos preguntas cuando nos cedían el turno: "A mi no me gustan las verduras, ¿les puede mandar mi madre las mías allí?", "¿por qué no los traéis aquí?", "si yo lleno una de esas huchas, ¿cuántos van a comer?", "seño, ¿puedo ir al baño?", "yo ya no estoy mala, ¿les puedo dar lo que me sobra de jarabe?, "¿puedo ir con Luis a pedir con la hucha?", "¿y yo con Marisa?", "¿y yo con mi primo?", "¿puedo ir con Ana, seño?... Siempre te dejaban ir con los colegas. Grupos de dos o tres. Yo intentaba ir con Oscar Lacalle, o con Francisco Araujo, o con Enrique Suárez. Con ellos no había problema. Íbamos de lo mismo. Lo primero era descubrir como se abría la hucha, pero sin canteos. Una horquilla y algo de paciencia solían ser suficientes para vencer el candado (Calixto Molina y Justo Domínguez siempre lo reventaban, lo cual les traía problemas), pero si no, con cutter, pegamento o celofán se hacían apaños guapos. Entrábamos a todo el mundo. Hablábamos rápido, un poco nerviosos, les soltábamos a los mayores todo el rollo del hambre, la concienciación y tal. Era como recitar una lección. Les sonreíamos y les jaleábamos, les hacíamos gracia. Y la verdad, se estiraban. La recompensa eran unas pegatinas con una crucecita sobre su pecho. Ese era su carnet de gente enrollada y solidaria, minisalvoconductos limpiaconciencias. Un pedacito de cielo. Para asegurar el éxito procurábamos movernos por sitios donde nos conociesen: nuestra calle, la panadería, el super, la papelería y todos los demás. Casi todos conocían a nuestros padres, no les hubiese hecho gracia que les fuésemos con el cuento de que ellos no habían contribuido a la caridad con el tercer mundo. Ya se sabe cómo es el barrio. Nos dábamos una buena rula. Llenábamos la hucha. Luego nos íbamos a un descampado y abríamos la jodida hucha. Nos quedábamos con todas las monedas gordas: las de cinco pavos, las de veinte, aún no existían las de quinientas, pero con coña aparecía algún billete. Todo para nosotros. Por una mierda de pegatinas y una bonita charla. Facilísimo. Chapábamos la hucha, dejando sólo duros y pesetas. La devolvíamos al día siguiente. Nunca nos pillaron. Hay que ser solidario. Publicado originalmente en el disco libro "B.N.C.A. Buitre no come alpiste" de Kike Babas y Kike Turrón editado por Gor en 2001 (si quieres conseguir el libro investiga en www.discosgor.com) |
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