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Electric Festival 2008

Que el rock en España está herido no es algo que se descubra ahora. Se agradece por eso todo vendaje que suponga una cura momentánea, de días o de años: conciertos, webs, revistas musicales...o como en el caso del fin de semana pasado, un festival. El Electric Festival ha cubierto una carencia que, desde que se desmoronó el Festimad, tal y como estuvo concebido durante años, y con permiso del Azkena, había en todo el Estado: una buena retahíla de grupos de rock duro de nivel internacional.

En pocos años, Last Tour ha entrado de lleno en la escena estatal. Después de cubrir la parte norte de la piel de toro probaba suerte este año en la capital del Imperio con un festival que suplía, de buenas o malas formas –misma fecha, localidad-, cada cual que juzgue, al Festimad La carta de presentación era, desde luego, mucho más digna que la que ha ofrecido el casi difunto festival los últimos años: Metallica, Rage Against the Machine, Offspring, a los que nadie quería ver y todo el mundo vio, o Queens of the Stone Age.

Más allá de los ya cansinos y desgraciadamente elevados precios de la barra –así no hay dios que salga de la crisis económica-, de la necesidad, imposible, de que casi haya un baño por persona, para poder mear a gusto a partir de las dos de la mañana, lo que es la organización del sarao fue más que digna. De agradecer, sobre todo, la localización del festival. El terreno, cemento, evitó que la lluvia –un grupo que no está faltando este año en los festivales, un grupo pésimo, tipo… dejémoslo- convirtiese el auditorio John Lennon en un barrizal. sA pesar de tener un nombre muy unido a la música, el recinto, al parecer, se caracteriza por las juras de bandera que se celebran allí. De ahí que el fin de semana, una media de 50.000 personas fueran a rendir pleitesía a la única bandera en la que seguramente crean: el rock and roll.

Con Serj Tankian ya despidiéndose, nos acercamos a ver el proyecto de los hermanos Cavalera. Meterse en un concierto de un tipo de música que no es el que sueles seguir, rodeado de gente entregada a la causa, es, ciertamente reconfortante. Te contagias del buen rollo que dan las camisetas de Brasil con el logo de Sepultura, de los gritos guturales de entrañables descerebrados que, brazos alzados y cuernos en ristre, casi consiguen que no escuches la música. Todo es perfecto hasta que a alguno de los anteriormente descritos se le despega el cuello de tanto moverlo para arriba y para abajo, ves que te pasa rozando y decides irte a tomar una cerveza mientras esperas a Iggy. A sus 61 años, la iguana sigue igual. Eso siente uno si mira sus conciertos de antaño, o el que dio en Bilbao no hará muchos años. El show, el que tiene acostumbrado: carrera para un lado, carrera para otro, posturas imposibles, I wanna be your dog por partida doble. Algo que aparentemente no tiene mucho mérito, sino es porque cualquiera no tiene una banda con la calidad de los Stooges. Como acostumbra, también subió esta vez a gente al escenario. Lo único es que ninguno se sabía las canciones, más bien parecían lamentarse porque llevaban horas en primera fila, esperando el plato fuerte de la noche. No, no era Offspring, el grupo al que todo el mundo menospreciaba antes y después del festival, pero con el que todos brincaron al ritmo de excusas banales –“bueno, por los viejos tiempos” “ná, por pasar el rato”-. Lo cierto es que al pobre Dexter no le alcanzaba mucho la voz. En momentos era tan ininteligible que parecía uno de los miles que allí estábamos, cantando en un inglés que no era inglés: el típico “wachuguichu…”. Pero qué contentos nos sentíamos.

A todo esto, por fin, salieron Rage Against the Machine que, nos alegramos, se han apuntado a la moda de los grupos que se vuelven a juntar después de unos años sin generar dinero. Perdón, música. Ahí salieron los californianos, ataviados con monos naranjas y con la cara cubierta por un saco negro, como si estuvieran en la siniestra prisión de Guantánamo. Guiados por sus pipas cual invidentes, se colocaron delante de los micros… ¡y comenzó la tralla!.
Aunque algún crítico profesional, de esos a los que les pagan por hablar de música, se ha empeñado en decir que RATM sólo tienen una buena canción –Killing in the name-, Morello, De la Rocha y amigos se encargaron de dejar sin argumentos -¿sirve para algo?- a este tipo de personas. Brutales, en plena forma, parecía que sobre el escenario hubiese dos guitarras, dos bajos y tres o cuatro bombos.

Queens of the Stone Age puso la guinda macarra a una noche fetén de rock and roll, en casi todas sus vertientes.

El sábado, con la lluvia jodiendo toda la tarde, decidimos llegar a última hora, apenas para ver, o escuchar, a Whitin Temptation y contemplar lo que es un concierto bruto: Machine Head. Al menos para alguien que no está acostumbrado, porque seguro que los hay más bestias. La sorpresa la reflejaba muy bien alguno que había allí, cerca de un servidor –sí, el Baitu de la cresta- que ponía cara de “dónde me he metido”. A destacar las guitarras de juguete o los brazos de orangután que tenían los dos miembros de Machine Head.

Cerraron el festival –al menos para nostros- Metallica. Un gustazo poder ver a un grupo del que llevas casi toda tu vida musical oyendo hablar, que, aunque no sigas como un fanático, merece la pena ver una vez. Un concierto que, según los entendidos, fue muy digno. A un servidor le sorprendió –igual no tenía porqué- la categoría de los músicos, el montaje que llevaron –con una especie de escenario de dos pisos-, y las dos horas de rock duro que ofrecieron. Que un grupo, en un festival, por contrato tenga apalabrado una actuación larga, es también de agradecer.

Crónica:Chivo
Fotos: Last Tour International

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